Punto de Fisión

Felipe en su jardín

La mejor anécdota apócrifa sobre Felipe González la oí de labios de un ex comisario de policía en una sobremesa con varios whiskies de más en la que también participábamos un ex suegro que trabajaba tras un mostrador de banca y un escritor que todavía no ejercía de ex porque aún no había publicado un libro pero para el caso como si lo fuera. Los tres charlábamos ya con la lengua un poco recocida cuando, no sé por qué, llegamos al tema del ex presidente, un hombre que acumulaba odios y simpatías de un modo que sólo podía referirse a aquel novio que España se echó en las urnas en 1982 y que acabaría por decepcionar a todos.

Largándose su enésimo whisky con hielo, el ex comisario dijo que la misma noche que Felipe ganó las elecciones recibió una llamada de la Moncloa a altas horas de la madrugada. El hombre bajó la cabeza, adelgazó la voz hasta el murmullo y susurró que tuvieron que recoger el cuerpo inconsciente de Felipe, que aquella misma noche había intentado suicidarse. "¿Y por qué iba a suicidarse, hombre?" le preguntó mi ex suegro, que por aquel entonces todavía no era ex. "No he dicho que se suicidara, coño, sino que lo intentó. Lo hizo porque aquella misma noche habló con los que realmente mandan, los que están arriba, y se enteró del percal. Felipe no podía hacer nada".

Apócrifa o sí, la anécdota ilumina bien la trayectoria de un personaje que lo tenía todo para convertirse en un héroe y que se conformó con ser un masajista de bonsáis. Más que una trayectoria, lo suyo fue una parábola, ya que en el mismo momento en que llegó a lo más alto, Felipe empezó a caer en picado traicionando sus ideales uno tras otro. Desde aquel célebre referéndum de la OTAN hasta su solemne retractación del marxismo, Felipe fue jibarizando sus aspiraciones y las nuestras una a una, como un indio reduciendo cabezas, hasta dejar el país entero entregado a una socialdemocracia de IKEA, un circo donde sólo podían crecer enanos: Aznar, que en sus primeros años le imitaba el acento andaluz, y Zapatero, que parecía muy alto pero sólo porque estaba fabricado a escala. 

Más o menos a mitad de su reinado pronunció aquella frase temeraria: "Prefiero una puñalada en el metro de Nueva York a vivir tranquilamente en las calles de Moscú". Hombre, haberlo dicho antes y nos habríamos ahorrado dos décadas de puñaladas. También dijo que había que ser socialistas antes que marxistas. Y tampoco. Luego nos enteramos de que sus íntimos lo llamaban Dios, que es la forma más solemne de no existir. Al final el felipismo resultó un primoroso trabajo de horticultura japonesa donde al jardinero jefe se le fue poniendo cada vez más cara de oriental, un poco como aquella película de Peter Sellers donde un alma de cántaro enamorado de los árboles va rebotando de chiripa en chiripa hasta alcanzar la presidencia, pero proyectada al revés, desde la presidencia hasta el jardín. Felipe pudo ser Moisés guiando a su pueblo hasta la tierra prometida pero sólo supo guiarnos hasta aquí. Después de tantos whiskies, no me quedó muy claro lo que pasó aquella noche pero creo que quien se suicidó no fue él.