Punto de Fisión

La consti-ficción

La literatura española son unas letras de andar por casa, unas letras de banco por pagar, unas letras que casi parecen haberse escapado de una sopa, de tanto como huelen a ajo. Desde las jarchas hasta Camilo José Cela, la literatura española padece un empacho de realismo, una sobredosis de realidad, de manera que uno lee a Galdós o al Arcipreste de Hita o a Valle Inclán y parece que estuviera mirándose en un espejo, no necesariamente deforme, que para deforme ya está el paisaje. Unos planes de estudio que empiezan con la Celestina y con el Quijote no hacen sino ahuyentar a los niños de los libros por los siglos de los siglos, vacunarlos para siempre contra el placer insensato de leer, del mismo modo que jamás se arrimarían a un cine si la primera película que tuvieran que ver por cojones fuese Ciudadano Kane. Peláez, hágame un resumen.

Uno envidia a esos niños escandinavos que crecieron leyendo sagas nórdicas, a esos niños británicos que aprendieron a flotar en Shakespeare nadando primero en las aguas de la Tabla Redonda y a esos niños franceses que alucinaban con la Chanson du Roland cuando Roland moribundo partía una montaña de un espadazo y aquí lo más que partía el Cid de un mandoble era a un moro por la mitad. Bastaba leer atentamente el Poema del Cid para ir comprendiendo todo lo que podía esperar uno de la monarquía, de la ley y de la justicia. Los desengaños a tan tierna edad no suelen ser saludables; a los doce años lo único que quiere aprender un crío es a estremecerse con los zombis de Bécquer, que son como los espectros de Poe pero de Soria. Sin embargo, hasta el pobre Bécquer está jodido en el plan de estudios, a los niños les obligan a leer los poemas y de inmediato se piensan que era un tenista y un cursi.

Para compensar tanto realismo, nuestros próceres escribieron la Constitución Española, una de las obras maestras de la literatura fantástica, ya que no sólo no hay una sola línea de ese augusto volumen que se corresponda con la realidad sino que tampoco hay visos de que vaya a corresponderse en las próximas décadas. Yo nunca he podido pasar de los primeros artículos sin despollarme de la risa y golpearme los muslos con las orejas a cabezazos mientras me decía: "Sí, vale, los ingleses tendrán a Lewis Carroll y los estadounidenses a Mark Twain, pero nosotros tenemos a Gregorio Peces Barba".

Lo más lejos que he llegado yo en esto de la literatura fue a Cracovia, cuando entrevisté a Stanislaw Lem con la ayuda impagable de una novia polaca. Me encontré a un anciano pequeñito que físicamente era clavado al Joda de Star Wars y que metafísicamente era el Johnatan Swift de nuestra época. Entre las muchas maravillas que me deparó esa hora larga, Lem, que hablaba a la perfección cuatro o cinco idiomas, alabó el español como el instrumento más bello y musical que había oído nunca. Y citó en voz alta lo único que conocía en lengua de Cervantes, un verso de Lorca: "los caballos negros son". No podía haber elegido una línea más realista pero me dio pena desengañarlo, a él, el gran maestro de la literatura fantástica, y decirle que los españoles nos guiábamos por la vida y por la muerte con un texto folklórico de ciencia-ficción que era a la vez la Biblia, el Corán, el Quijote, Moby Dick y Pulgarcito. Peláez, hágame un resumen.