Punto de Fisión

Don Mariano, ciclista

Cada día que pasa a don Mariano se le pone más cara de bicicleta mientras que a Lance Armstrong se le va poniendo cara de tesorero en Suiza. Igual que en una de esas transfusiones bajo cuerda donde los jefes médicos jugaban a Van Helsing, la política y el ciclismo corren carreras paralelas. El campeón tejano ha echado mano del viejo truco del ventilador, intentando ensuciar la historia de un deporte heroico desde los tiempos de Anquetil para que entendamos de una vez por todas que los héroes no existen. Que hasta Aquiles venía dopado de la laguna Estigia.

Aceptamos que Obélix era invencible porque se cayó en la marmita de la poción mágica de niño. "No estoy gordo, soy fuerte", decía Obélix en los tebeos antes de que Depardieu lo desmintiese de un tripazo. A ningún lector se le ocuriría pedir la devolución del tebeo porque en las peleas a trompadas con los romanos Obélix utilizara anabolizantes. Por lo mismo sabemos que el poder de los partidos políticos procede de sus inyecciones bancarias, esos oscuros tejemajenes donde se perdonan deudas y se forjan ciclistas y hombres de paja. Escandalizarse ahora por lo de las toneladas de dinero negro del PP sería como acusar a Al Capone de mal gusto en el vestir: un asunto de trajes.

Lo que muchos no le perdonan a Armstrong es la arrogancia ("yo era un capullo" es una de sus fraves favoritas), del mismo modo que lo inadmisible de don Mariano es su código ético, ese decálogo de buenas costumbres que consta de cinco leyes donde sólo hay escritas tres y no se cumple ninguna. Don Mariano subió al pedestal de la Vuelta a España aupado por un empujón de trampas, engaños y promesas más falsas que un euro turco. Llegan a hacerle un control de orina al pisar la Moncloa y les sale un bloody mary. Nos resignamos, ya que el hombre tampoco da para más, pero lo que no podemos tolerar de ningún modo es el dopaje extra del Gürtel. La situación del PP se parece a aquella injuria inmortal que improvisó el doctor Johnson: "Su mujer, señor mío, con el pretexto de que trabaja en un burdel, pasa género de contrabando".

Con el deporte hacemos la vista gorda puesto que, al fin y al cabo, se trata de un juego, y ya sospechamos que las Olimpíadas esconden, en realidad, un congreso mundial de drogadictos. Nada tengo contra los drogadictos siempre y cuando trabajen a la luz, como aquel pintor polaco que, junto a la firma, dejaba una lista de las sustancias que le habían ayudado a pintar el lienzo. Es imposible imaginar la fantasía de Poe ardiendo sin el combustible del alcohol, del mismo modo que no se puede concebir que los partidos políticos funcionen sin engrasarlos a base de corrupción, mentiras y un descaro infinito. No sería consecuente si no les advirtiera que este artículo ha sido escrito con el patrocinio de un puro habano y un whisky Singleton.