Punto de Fisión

Urdangarout

Los informáticos de la Casa Real andan como locos intentando elaborar un programa que borre hasta la última huella del virus Urdangarín, pero de momento no lo han conseguido. Ya tienen bastantes problemas con cepillarse el nombre. Urdangarín es un apellido demasiado largo para la papelera de reciclaje. Por eso su propietario se ha convertido en una de esas caras de Bélmez inmunes al estropajo y a la bayeta, una jeta inmortal que, cuanto más la frotas, más reluce y más la citan en los estudios parapsicológicos. El rey se despierta inquieto por las noches jugando al pasapalabra, con el yerno en la punta de la lengua, casi a punto de olvidarlo, pero eso es tan difícil como aquel viejo truco psicológico de intentar no pensar en un elefante. No piense en un elefante, majestad. ¿Blanco o africano?

Cuando los informáticos de Stalin se ponían a jugar al photoshop, primero borraban al individuo incómodo y a los familiares y amigos adjuntos, luego lo iban tachando del registro civil y de los libros de historia, y por último lo extirpaban del álbum de fotos. Vamos que, si Stalin se empeña, termina haciendo la revolución él solo con Lenin echándole una mano. En cambio, en la Casa Real se han conformado con quitarle a Urdangarín el postre, el título y las cookies. Ahora les extraña que, una vez eliminado de las felicitaciones navideñas, el duque siga paseándose tan pancho por los periódicos.

Con Urdangarín no hay manera. Lo fulminan de una placa en una plaza de Palma y salta su nombre en un correo informático. Lo suprimen de las tarjetas de visita y vuelve a salir en unas declaraciones de Corinna. Lo vetan en la Zarzuela y lo llaman a declarar en los juzgados. El duque es uno de esos troyanos testarudos contra el que no sirve de nada actualizar el antivirus.

Urdangarín les ha salido protestón, no como el otro yerno, que ni siquiera me acordaba del nombre y he tenido que ir a buscarlo en google. Se me había extraviado entre las estatuas de cera de la memoria, relegado a ese baúl de doble fondo donde desembocan los donceles que mueren sin exhalar una queja. De Marichalar ya no queda más rastro que una cierta forma de llevar la bufanda, un doble lazo breve y elegante con que él se defendía del invierno sin saber que se estaba echando la soga al cuello. Pero Urdangarín vuelve y vuelve como las oscuras golondrinas, un poco al estilo Peñafiel, al que echaron a patadas de palacio y siempre acaba por regresar en una página del Hola.