Opinión · Punto de Fisión

El culo del mundo

Suena bastante ingenuo para llevar a cuestas tantos años de profesión, pero la unanimidad informativa nunca deja de sorprenderme. Quiero decir que ayer todos los periódicos, de derechas y de izquierdas, extranjeros y nacionales, en papel y en píxeles, abrían en portada con la noticia del atentado de Boston. Dos muertos y unos cientos de heridos acaparaban titulares y negritas mientras, el mismo día, los cientos de muertos y miles de heridos de un bombardeo en Siria ocupaban algo menos que la información meteorológica. A media mañana el periodismo decidió echarle otro pulso a la actualidad y la sentencia a Isabel Pantoja, una tonadillera en horas bajas, borraba por completo a todo un señor terremoto en Irán, país donde, visto lo visto, los seísmos deben de ser algo así como estornudos del terruño.

No soy tan ingenuo como para desconocer las leyes de la cercanía sentimental pero sí para cuestionar el papo con que las aceptamos (eso aparte de que considerar Boston más cercano que Alepo o Teherán es, cuando menos, preocupante). Lo aterrador es precisamente la alarma mental que salta en nuestra cabeza si juntamos las palabras “Boston” y “bomba”, no te digo ya si matan un niño estadounidense, mientras que consideramos perfectamente normal que docenas de niños anónimos mueran masacrados a diario en Alepo, en Bagdad o en cualquier lugar de Afganistán, que es el culo del mundo, es decir, un país del que pocos podrían citar más de tres ciudades sin recurrir al google.

Sospecho que no me equivoco al pensar que la agenda informativa no la elaboran cuatro fumanchús desde un tenebroso laboratorio. El variado menú de la realidad, con sus bombas, sus terremotos y sus tonadilleras, lo escogemos minuto a minuto con la misma lamentable libertad con que elegimos entre el marchito escote de Mercedes Milá, un partido de fútbol y un viejo western de James Stewart. Siempre tenemos la opción de apagar el televisor, apartarnos del ordenador y ponernos a leer a Anthony Burgess, por ejemplo, pero la pantalla, el populoso césped o las páginas magistrales de una novela no harán más que devolvernos nuestro exacto reflejo, nuestros miedos banales, nuestras perspectivas banales.

Al poco de hacerse pública la barbarie de Boston, Pipi Estrada expresó en twitter su preocupación por si ahora dejan de celebrarse maratones. Y lo decía totalmente en serio el tío, igual que en aquel chiste en que uno se lamenta porque se le ha muerto su padre y otro porque se le ha perdido el boli. Mi esperanza en el futuro de la especie humana se puso en números rojos al comprobar que Pipi tiene más de trescientos mil seguidores en twitter. Incluso sabiendo que más de trescientos mil están ahí sólo para ponerlo a parir, causa una profunda desazón contemplar a tanta gente atenta a las cagadas de una paloma. Si Sócrates estuviera vivo hoy y se le ocurriera abrir una cuenta en twitter no iba a reunir más discípulos que cuando desgastaba las sandalias por un jardín de Atenas.