Punto de Fisión

El rey devuelve el casco

Del mismo modo que la historia del PP se puede escribir en dos cuadernos (el azul de José Mari y el cuadriculado de Bárcenas), la historia del poder en la España contemporánea se puede resumir en unos cuantos yates: el Azor, el Bribón, el Fortuna y unos pocos más, entre ellos, aquel casi anónimo donde Feijóo y el capo Marcial Dorado se untaron el lomo de aftersun. Ignoro el nombre de la embarcación y tampoco me voy a poner ahora a buscarlo, pero, con semejantes antecedentes, no me extrañaría nada que se llamara Alimoche, Chiringuito III, o Campofrío. La historia de España es, en efecto, una travesía naútica que va del esplendor de Lepanto a la derrota de Trafalgar, de la Armada Invencible al fueraborda cutre que Narcís Serra intentaba arrancar a golpe de tripa.

Es una historia naval, con uve, aunque últimamente resulta más bien nabal, con be. Los empresarios que contribuyeron a comprarle el barquito a Juan Carlos I el Campechano se han enfadado porque, después de disfrutarlo unos cuantos años, el rey quiere devolver el casco. Son 25.000 euros cada vez que hay que llenar el depósito del Fortuna y lo del aparcamiento cada día está más difícil. El coro de empresarios se ha lanzado ahora al abordaje y todavía no se han puesto de acuerdo en si va a alquilar el yate por horas o directamente a desmenuzarlo de proa a popa. Pero el Fortuna todavía podría dar mucho juego como recuerdo, al estilo del Granma en el Museo de la Revolución en La Habana. Podría exhibirse en Palma junto a otras piezas históricas, por ejemplo, las escobillas de váter del palacete de Matas, que costaban 400 euros la pieza. Aquellas escobillas son el equivalente higiénico del Fortuna, el no va más de la aerodinámica. Es triste que, al final, las dos vayan a parar a lo mismo.

El Fortuna tiene una historia bien divertida y bien triste a la vez que Marcos Torío ha contado en su libro Veranos en Mallorca. En su cubierta han tenido lugar toda clase de encuentros de alto nivel, incluso la primera entrevista entre Clinton y Aznar, con el rey haciendo de intérprete porque Jose Mari todavía no había perfeccionado a fondo su acento tejano. Según cuenta Jon Lee Anderson en El dictador, los demonios y otras crónicas, cuando Clinton se enteró de que Jose Mari se había apuntado al paseo en yate hizo todo lo posible por cancelar el encuentro. Se conoce que le daba miedo quedar en último lugar en una competición de abdominales, pero al final la campechanía real se impuso. "Pasé cinco horas con el rey y con el presidente del gobierno hablando de la clase de mundo que queremos para nuestros hijos" dijo Clinton. Visto el resultado, no parece que aquella conversación a bordo del Fortuna sirviera de mucho. Al final una reunión de líderes mundiales sale clavada a una partida de dominó en el bar del pueblo, con la diferencia de que unos charlan en el bar y otros en un yate kilométrico.

En España los yates parecen siempre el mismo. Es el único país donde no sólo puedes bañarte dos veces en el mismo río sino que, con un poco de paciencia, acabas por ver flotar los mismos cadáveres. Esta semana, sin ir más lejos, han reaparecido Aznar, Alfonso Guerra y la ETA. Era Alfonso Guerra el que decía que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió pero a este paso la va conociendo hasta la abuela.