Punto de Fisión

Castroforte de Baralla

Hay nombres que parecen hechos ex profeso para el ridículo. Por ejemplo, los chavalines de Nuevas Degeneraciones de Bollullos del Condado, quienes lamentaban la muerte de Franco por twitter, como si acabaran de enterarse esta misma semana. Probablemente sí, probablemente acababan de enterarse, dado cómo anda el país últimamente y cómo andan ellos de degenerados. El Diccionario de la Real Academia no aclara exactamente qué cosa sea un bollullo, pero basta ver a algunos de estas bestezuelas con sus banderas avícolas para irse haciendo una idea.

Para abundar un poco en ese curioso fenómeno psicológico que Jüng denominó "compulsión del nombre" está el alcalde de Baralla, Manuel González Capón, quien se merece uno por su apología del genocidio franquista y otro por su explicación a posteriori del exabrupto: "He pedido disculpas al PP y me las ha aceptado" dice el munícipe. Y no se las ha pedido al Caudillo porque no le ha respondido al teléfono. González Capón añade que la frase por la que va a pasar a los anales (de ano, no de año) de la retórica (ésa en la que decía que los condenados a muerte durante la dictadura será porque se lo merecían) se ha sacado de contexto. Hombre, menos mal, porque el contexto de la frase básicamente era un muro picoteado de balazos y unas cuantas nucas abiertas de un tiro.

Con todo, lo mejor de la noticia es lo de pedirle disculpas al PP. Preguntarle a la directiva local o nacional del PP qué le parece semejante barbaridad es como preguntarle a Putin qué le parece que apaleen a un homosexual en una plaza pública. Vamos, un poco más y sus jefes le regalan una medalla, le pegan dos abrazos, le dan su nombre a una calle e inauguran una galería de tiro al blanco con calaveras de represaliados.

Por desgracia, Manuel González Capón no es la excepción sino la regla. Que la política española está llena a rebosar de homínidos de esta especie lo demuestra el pleno del ayuntamiento donde otro montón de homínidos sin evolucionar lo apoyaron sin reservas. Hubo un momento en que la alcaldía al completo parecía la charca de 2001, una odisea del espacio, con el fémur volador metamorfoseado en vara del alcalde.

En una de las grandes novelas españolas del pasado siglo, La saga/fuga de J. B., Gonzalo Torrente Ballester inventó una aldea imaginaria, Castroforte de Baralla, donde la excesiva tensión psicológica entre los vecinos provocaba que el pueblo echara a volar hacia las nubes. Una competición entre mujeres y hombres para descubrir cuál de los dos órganos sexuales contaba con más denominaciones en castellano dejaba el lecho del río seco con las lampreas sacudiéndose en la asfixia del oxígeno y las tuberías arrancadas de raíz del suelo. "Gana coño y color" escribía alguien en la pizarra del casino. En Baralla, por desgracia, ganan los de siempre. Manda carallo.