Punto de Fisión

Putin el pacificador

Cuando se habla del premio Nobel de la Paz no hay que olvidar que Alfred Nobel inventó la dinamita. Sólo con ese dato ya se explica el Nobel a Kissinger y unos cuantos más. Salvo honrosas excepciones, la lista de los últimos premios Nobel de la Paz parece un festival del humor. A Obama le dieron uno en diferido por ganar las elecciones a presidente de Estados Unidos y a Al Gore otro por no ganarlas. Creo que fue el año pasado cuando los suecos, que son muy suyos, decidieron regalar uno en bloque a la Unión Europea. A toda ella. Debieron de pensar que si repartían el premio entre países empezaba la Tercera Guerra Mundial o que entre todos los líderes europeos no hacían uno made in USA.

Tal vez por eso los rusos han pensado presentar a Putin, que es presidente vitalicio en un lugar donde ejercer la oposición política, el periodismo libre y la libertad sexual es un deporte de riesgo. Aunque, bien mirado, nadie ha hecho más por la paz en Rusia que Putin: ni opositor, ni disidente, ni crítico, ni checheno, ni reportero, ni marica, ni hostias. Mejor éstate quieto y en paz o viene Putin y te trae la paz eterna. Que se lo pregunten a los ciento y pico rehenes gaseados del Teatro Dubrovka, a los cientos de homosexuales a los que jaurías de nazis están acosando como conejos o a los cientos de miles de chechenos masacrados que jamás salieron en ningún telediario.

La crisis del submarino en agosto de 2000 es un perfecto ejemplo de la labor pacificadora de Putin: se cogió vacaciones el mismo día en que se enteró del desastre, ocultó la noticia dos días al mejor estilo soviético, rechazó la ayuda internacional durante casi una semana y al final hizo que las familias de los muertos se pagasen el viaje de su propio bolsillo. Para demostrar su amor por la paz, cada verano Putin se hace un book a pecho descubierto en la que parece el clon eslavo de Rambo o la versión alopécica de Daniel Craig encarnando a un 007 de la KGB. En las fotos casi siempre aparece con un rifle, un machete, en pose de judoka o a caballo, como Gengis Khan.

Si la academia sueca tira para adelante con la candidatura, podría ser una ceremonia bien vistosa: Putin vestido de karateka partiendo la estatuilla con el canto de la mano. Sabiendo como las gasta Putin con la oposición, los demás candidatos ya pueden andarse con ojo, que igual se tropiezan con doce balas en una esquina o se despiertan una mañana con la cara hecha una paella siberiana. Aunque nunca hay que subestimar el humor de los suecos, quienes, para quitarse problemas, a lo mejor le conceden a Putin dos premios Nobel en uno: el de la Paz, por los cementerios, y el de Química, por el descubrimiento de las virtudes gastronómicas del polonio.