Opinion · Punto de Fisión

Osama y los siete

La semana pasada, en una arriesgada ampliación de su trabajo de taquillera, Montoro se puso a ejercer de crítico de cine. Como resultado de este malabarismo laboral, Ana Obregón ha decidido abandonar su retiro espiritual en Miami y salir al rescate del séptimo arte español e incluso del octavo. Dice que se va a Afganistán a rodar una versión libre de Homeland, lo cual puede interpretarse también como una operación de castigo. De castigo para Homeland, para Ana, para Afganistán, para los televidentes españoles y para el medio audiovisual en general.

Homeland, un refrito de una teleserie israelí, ya era lo bastante mediocre como para merecer una adaptación a la televisión española que podría acabar titulándose, como apunta la guionista Angela Armero, Osama y los siete. No es tan tramposa ni tan manipuladora como The Killing (otra fotocopia, esta vez de una serie danesa), pero se le acerca bastante. La mejor explicación sobre la insatisfacción y el recelo que produce Homeland me la dio Sintaheyu Alcocer, un niño etíope que en su breve vida ya ha vivido el suficiente horror como para distinguir la maldad al primer vistazo. Cuando su madre le preguntó de qué iba, Sintaheyu respondió con un bufido: “Va de uno que a veces es bueno y a veces es malo”. He ahí toda la carcoma de la trama de Homeland, la falta de coraje de unos guionistas que no se han atrevido a forjar un malvado de una pieza cuando las tres teleseries que forman el Himalaya del género (Los Soprano, The Shield y Breaking Bad) apostaron todo o nada por un protagonista que es un perfecto hijoputa y sin una sola carta marcada. El sargento Brody es un hijoputa a ratos.

Decía Hitchcock que un thriller es tan bueno como temible y convincente sea su villano. En este sentido (y en muchos otros), Homeland ha resultado un lamentable fiasco, un suflé apetitoso que se va deshinchando timo a timo, aunque, claro está, al lado de cualquier telespanto de los que se perpetran ahora en España parece el Everest de la televisión. Puestos a comprender lo incomprensible, todavía se comprende menos que Ana Obregón marche a las ásperas montañas del Pamir a lomos de una mula para intentar meterse en la piel de una oficial de Inteligencia. O de Contrainteligencia, llegado el caso. No me imagino a Ana Obregón enfundada en un burka a menos que el burka esté recauchutado.

Ciertamente, tampoco hace falta irse a Afganistán a buscar villanos cuando, sin salir de España y del Congreso de los Diputados, puede un productor reclutar el elenco completo de tíos chungos de la HBO para la próxima década. Concretamente, en el gobierno de Mariano no hay ni uno bueno, en todos los sentidos del término. El único problema estriba en encontrar el más malo de todos entre Wert, Montoro, Cospedal, Soraya, Gallardón, De Guindos y el propio Mariano. Wert tiene todas las papeletas por votación popular y Cospedal por méritos propios pero Gallardón ya es que ni se maquilla.