Opinion · Punto de Fisión

Sol, toros, minifaldas

Una noche de hace un par de años, unos ladrones entraron a robar en la casa de Manolo Escobar en Benidorm, mientras toda la familia estaba durmiendo, y se llevaron algo de dinero y unos cuantos objetos personales entre los que se contaban la medalla de oro del Mérito al Trabajo, la del Mérito Turístico, la de Andalucía, un disco de oro del festival de Sopot, la llave de la ciudad de Miami y una insignia de oro y brillantes concedida por el F. C. Barcelona. «Ochenta años trabajando para que me dieran una medalla y en quince días me la quitan» comentó el cantante. En total, unos ocho mil euros, una minucia si se piensa en la millonada que debía haber colgada en las paredes de un hombre que se pasó la vida coleccionando arte contemporáneo. Cuadros de Tapiés, Saura, Juan Gris, Vázquez Díaz, Lucio Muñoz, Gaya, Sicilia, Barceló, Úrculo y un montón de pintores más. Se calcula que la colección personal de Escobar abarca unos dos mil lienzos que fue acumulando por puro placer desde que era muy joven. Pero eso no lo sabían los ladrones que desvalijaron la casa del cantante. Ellos iban buscando el topicazo, el sol, los toros, la minifalda, y se guiaron por los brillos, como las urracas. Y no le robaron el carro porque el carro se lo habían robado ya medio siglo atrás.

Probablemente nos habría pasado a muchos, todos los que confundimos al hombre con el cantante, al ser humano con el símbolo, que es algo que suele pasar a menudo. Pero nadie tiene la culpa de que lo conviertan en símbolo, menos aún en símbolo de algo tan mezquino, repugnante y nefasto como la década final del franquismo. Manolo Escobar vino a aterrizar en esos años grises de los sesenta en que la dictadura empezaba a levantar un poco la mano, muy poco, lo justo para dejar ver un canalillo, algo de escote, unos centímetros de muslo bajo la minifalda, una sueca en bikini, lo justo para atraer a los extranjeros con el negocio ése del turismo. Manolo llegó con su tupé y sus patillas, sin despeinarse un pelo, para endilgarle a las señoras un machismo civilizado en que les aconsejaba no enseñar mucha pierna, y para encender a los señores con un patriotismo de pasodoble, porque para marchar a la guerra lo mejor siempre es empezar por un baile.

El Y viva España es lo más cerca que hemos estado nunca los españoles de tener un himno nacional, aunque lo compusieran un par de belgas, porque el chunda chunda oficial, con toda su fealdad y su charanga, no tiene letra. O a lo mejor sí la tiene, pero se perdió por el camino porque aquí no la conoce nadie, ni legionarios ni toreros ni generales ni futbolistas, y esa es toda la tragedia de España, que es un país hecho de música, de paellas, de sol, de toros y de pelotas, pero sin letra ninguna, es decir, sin chicha ni sustancia. Manolo Escobar intentó ponerle remedio a esa falla con su voz y copyright belga, se inventó una España portátil, de radiocassete, que nos acompañaba todo el camino en el Seiscientos hasta la playa cruzando Sierra Morena. Marife de Triana, amigo conductor, Juanito Valderrama con el emigrante, y Manolo Escobar sin aquel carro que le robaron, eran casi los únicos que ponían una nota de protesta social, un tímido pliego de reclamaciones en la España lerda y negra de la época. Un tipo que había tenido que marcharse al extranjero a buscar las habichuelas y un pobre hombre al que le habían robado el carro anoche cuando dormía: cuarenta años han pasado, veinte más, y todavía nadie sabe nada de aquel carro que nos guindaron a todos y que se llamaba España. Que por algo Manolo se casó una alemana de apellido Marx, que se llegan a enterar en el Ministerio de Turismo y en vez de darle una medalla me lo fusilan por bulerías.