Opinion · Punto de Fisión

El guateque en Sudáfrica

Hubo algunos que no asistieron porque pillaba muy lejos, otros pensaban que se iban a aburrir, pero el funeral de Mandela ha sido lo que se dice un descojone, un remake internacional de El guateque con Mariano en el papel de camarero borracho y Obama emulando a Peter Sellers. Todo apuntaba a una ocasión para la lágrima fácil, el análisis sesudo y la prosa funeraria, y al final ha salido una cosa entre Jaime Peñafiel y Jorge Javier Vázquez, entre Berlanga y Almodóvar, algo con mucho cachondeo, mucha risa y mucha pierna suelta. “No nos reíamos tanto desde que se murió Fulanito” decía un famoso poeta español en el entierro de un insigne literato. “A ver si se nos muere otro pronto para pasar un buen rato”.

Para viajar a Johannesburgo, que es un vuelo en tiralíneas, poco más se puede hacer en el avión aparte de agotar las películas de chinos y los carritos de bebidas. En el Air Force One las azafatas se propasaron con la provisión de viagra, porque Obama se fundió medio funeral jugando al cruce de culturas con la primera ministra danesa, una rubia despampanante de la sonrisa a las rodillas. De vez en cuando Michelle lanzaba de reojo una mirada seca como una coz, pero su marido no paraba de tontear, parecía que le estuviera preguntando a la ministra si en su país elegían dirigentes por votación popular o si a ella la habían nominado directamente en la versión danesa de Gran Hermano. Para terminar de arreglarlo, Mariano, siempre tan discreto, le dijo al rey en un aparte que se había encontrado en el gimasio a Obama y a una señora. No se sabe si era rubia o morena porque el twitter no da más que para 140 caracteres.

Mariano llegó al estadio dispuesto a llevarse el premio al mejor monólogo humorístico con una variación futbolística de aquel célebre chiste funerario: “Vaya día llevamos: tú pierdes a tu padre, yo pierdo el boli”. Se pasó el velatorio en plan hooligan glosando el gol de Iniesta a pleno pulmón, aunque como no habla mucho inglés, los mandatarios extranjeros se pensaban que estaba cantando una saeta. Sin embargo, se tuvo que conformar con el segundo puesto porque en el discurso de Obama se coló un espontáneo que, en vez de traducir sus palabras al lenguaje para sordos, se puso a bailar La Macarena con subtítulos en los codos. Mira que habremos visto películas sobre la CIA, los servicios secretos y la escolta presidencial, pero nunca llegamos a imaginarnos que el hombre más poderoso del planeta pudiese quedar en ridículo ante un mimo poseído por el espíritu de Chiquito de la Calzada. Ahora ya no nos extrañaría lo más mínimo que se publicase una versión desclasificada del Informe Warren con la revelación de que JFK murió por un intercambio de disparos mientras sus guardaespaldas jugaban a indios y vaqueros parapetándose tras la limusina. Esto nos pasa por confiar en aficionados. Llegamos a enviar a Ana Botella con un discurso en inglés sobre el relaxing way of death y lo mismo consigue que Mandela se levante para sacarla a gorrazos del estadio.