Opinion · Punto de Fisión

Mariano en las Américas

Por un momento se mascó cierta tensión cuando dijeron que Mariano iba a viajar a las Américas: no parecía muy buen augurio que el presidente de un país tuviera que coger las maletas y marchar al exilio él también para buscarse las habichuelas. Fue sólo un momento; luego se supo que no, que no le van a permitir quedarse allí. En realidad se trata de un viaje oficial con séquito de empresarios, un poco al estilo de esos representantes de fiambreras que van puerta por puerta enseñando el producto y preguntando por la señora de la casa. Los asesores ya le han advertido a Mariano que no vaya preguntando por la señora Obama y que cuando le presenten a un negro, ni se le ocurra entregarle la gabardina y el paraguas.

No podían haber elegido un momento mejor para vender materia prima española, justo cuando nos ha fallado el negocio panameño. Habrá que investigar si los americanos quieren que les hagamos un canal de San Francisco a Los Angeles o si lo prefieren más largo, de Los Angeles a New York; total, será por tuneladoras. Aproximadamente desde la guerra de Cuba, las relaciones de España con los Estados Unidos siempre han sido ligeramente tensas, ligeramente cortesanas, hasta que llegó el día en que Jose Mari plantó los pinreles encima de una mesa junto a su amigo George Bush y se hizo una foto en Las Azores para fardar con los amigotes. Igual que Cortés, Pizarro y sus muchachos engañaban a los indios a base de baratijas, los yanquis nos devolvieron la pelota durante el pasado siglo para equilibrar el timo. Toma un chicle de menta y me das una base en Rota. Te tiro una bomba en Palomares y a cambio me regalas Torrejón. Gracias a los papeles de Wikileaks descubrimos que hasta el rey Juan Carlos, cuando ejercía de príncipe heredero, trabajaba de chico de los recados para los servicios secretos estadounidenses.

En efecto, la foto de Jose Mari resultó el culmen de la diplomacia española, la contrapartida histórica de aquellos tratados en los que Cortés cambiaba una provincia en México por un autógrafo de Felipe II y la receta de las migas extremeñas. Luego, durante unos años, hubo un pequeño bache diplomático provocado por un ataque de pundonor de José Luis durante un desfile (del que se curó en seguida con una visita guiada con toda su familia vestida de Halloween) y también porque un corresponsal español, José Couso, tuvo la impertinencia de interponerse en la trayectoria de un obús amigo. Raudo y diligente, Mariano corrió a hacerse una foto con los familiares del difunto y les prometió solemnemente que haría todo lo que estuviera en su mano para aclarar el incidente. Lo malo es que hay muy pocas cosas que pueda hacer Mariano aparte de fotos. Sus promesas recuerdan enormemente a las que hacía Gomulka en plena Polonia comunista: cuando el partido dice algo, lo dice.

La historia entre España y Estados Unidos se resume perfectamente en los cinco minutos finales de Bienvenido, Mr. Marshall, película de la que Mariano está haciendo un remake que está superando el original sin mucho esfuerzo. Ya que Obama no viene a Mariano, viceversa. Para la conversación lo tiene complicado porque allí el fútbol se juega con las manos y todavía no hay ningún estadio donde Iniesta haya estrenado la red, pero seguro que vuelve con otro álbum de fotos que sumar a los de Jose Mari y José Luis, y otra espléndida remesa de chicles.