Opinión · Punto de Fisión

Robinsones catalanes

Más que de saber hablar, el diálogo es el arte de saber escuchar; sólo prestando mucha atención se puede erigir un edificio racional o desbaratar una empanada. Este último era el método que empleaba Sócrates, quien solía aprovechar los fallos argumentales de sus interlocutores para irlos llevando, silogismo a silogismo, a un callejón sin salida. Si Artur y Mariano emplearan la lógica, o al menos la mayeútica, no sabemos si acabarían de acuerdo pero al menos saldría un encuentro de sus desencuentros. Verlos patinar con las manos a la espalda, silbando cada uno en una pista de hielo paralela, condenados a no rozarse por toda la eternidad, da mucho apuro, mucha vergüenza ajena y también mucha risa. Por algo el parlamento español se llama parlamento: porque las orejas se usan más bien poco.

Ahí están los dos don Tancredos frente a su propio espejo, igual que en aquel número de los hermanos Marx donde Chico y Groucho, ambos en puro y en pijama, se desdoblaban en sí mismos, empezaban adivinando las intenciones del otro y acababan por olvidar las propias. Yo creo que, hasta ayer mismo, viendo el debate sobre la consulta catalana, no he comprendido realmente aquel críptico consejo de don Antonio Machado:

Busca a tu complementario,

que marcha siempre contigo

y suele ser tu contrario.

Lo bueno de la pareja cómica que forman ambos dirigentes es que se conocen el numerito tan bien que ya lo llevan mejor en solitario. Artur y Mariano (gran nombre para una comedia de Oscar Wilde) recuerdan el dominio escénico de Louis Calhern y Ethel Barrymore, quienes se emborrachaban hasta la muerte en días alternos para que al menos uno de los dos pudiera soplarle al otro el diálogo. Una tarde se equivocaron y ambos actores, con una trompa de campeonato, subieron al escenario donde se quedaron un minuto largo tambaleándose, hipando, parpadeando y estudiándose fijamente. El apuntador deslizó la primera línea en murmullos cada vez más altos hasta que Calhern balbució, completamente beodo: “No, si el diálogo nos los sabemos de pe a pa. Lo que no sabemos es si empieza ella o empiezo yo”.

Por eso mismo es mejor cuando falta uno, porque entonces el que queda suelta la réplica y entonces, además de alta comedia, asiste uno a un espectáculo de ventriloquía. “Esto no podemos solucionarlo el señor Mas y yo, aunque hubiera venido, tomándonos un café. Ni aunque nos tomáramos quinientos”. Cuando dijo esta frase, perfectamente intercambiable con su partenaire catalán, parecía que Mariano agitaba un muñequito de Artur Mas con la línea de la mandíbula terminada y armado de banderita, al que iba tapando las protestas de independencia con chuches.

Para quienes lo tachamos de erudito en literatura deportiva, Mariano se trajo un nutrido aparato de citas clásicas que culminaron en una atrevida comparación entre España e Inglaterra por un lado, y Cataluña y Robinson Crusoe por otro. Por un momento parecía que estaba sacando las bolas de la Eurocopa y se le había colado un equipo escocés de segunda. Yo, de ser catalán, lo de Crusoe no sabría si tomarlo como un insulto o un elogio, porque, con esa propensión que tienen las alegorías marianas a adquirir vida propia, pudiera ser que España en realidad fuese Viernes y, aunque no sale explícitamente en la novela, está bien claro que Crusoe da y Viernes recibe.

Cuando se bajó de su isla desierta (si se las mira con suficiente perspectiva, la tribuna de los diputados, Madrid, España y Europa también son islas y ninguna demasiado grande), el almirante Mariano ya había acojonado a los robinsones catalanes con quedarse fuera de España, de la Unión Europea, de la ONU, de la liga de Champions y hasta del sistema solar. También dijo que España era de los cinco países que más habían adelantado en los últimos cincuenta años, aunque se le olvidó mencionar que también es de los que más ha retrocedido en los últimos tres. Al final un empate, Robinson Crusoe 0 – Viernes 0.

Lo que restaba de debate no eran más que secundarios cómicos: Rubalcaba intentando hacer de Zapatero, Rosa Díez intentando hacer de Rubalcaba y Joan Cuscubiela intentando que Mariano dejara de jugar al pasapalabra donde estaba muy entretenido sosteniendo una partidita con Artur Mas. Entre la dependencia de Mariano y la independencia de Mas debe de haber una tercera vía, aunque sea de agua.