Opinion · Punto de Fisión

El club de la uniceja

Con oportunismo cortesano y un gusto más que discutible, un grupo de músicos, cineastas, actores e intelectuales de izquierdas apoyó la campaña de Rodríguez Zapatero enarbolando un gesto de marketing que consistía en calibrar un catalejo de mentirijillas, como el que guiña falsamente un ojo, mira para otro lado o hace la vista gorda. Tres acciones que, por otra parte, definen muy bien la acción de gobierno del señor Rodríguez. Estaban, entre otros, Víctor Manuel, Ana Belén, Almodóvar, Joaquín Sabina, Miguel Ríos, en fin, buena parte de la gente que me hizo amar la música clásica europea, el rock sinfónico inglés y el cine clásico estadounidense, maniobra por la cual les estaré eternamente agradecido. A lo mejor fue por eso, aparte de por las diferencias ideológicas, que la derecha rancia (disculpen el pleonasmo, porque en España no hay otra) y la feroz prensa de la caverna se lanzó contra ellos ladrando insultos tan modernos e imaginativos como “artistas” o “titiriteros”.

En un derroche de ingenio, hasta se les ocurrió etiquetarlos en un tarro que los englobaba a todos: “el club de la ceja”.  Al autor, este esfuerzo bautismal probablemente le costara una apoplejía. Para no repetir semejante coro de aduladores, el PP siempre se ha distinguido por nutrir sus filas de auténticas estrellas de la alta cultura: Bertín Osborne, Francisco, Norma Duval, Cristina Tárrega, Arturo Fernández, Julio Iglesias o José Luis Moreno. Faltan, en efecto, algunos nombres esenciales que, por una u otra razón, no pudieron acudir a festejar sus mitines. Paco Martínez Soria porque ya no estaba disponible o Fernando Esteso, cuyo humor resulta demasiado fino para los cánones chanantes de Cospedal, Wert y Montoro.

A pesar del éxodo de cerebros que desertiza las aulas y tabernas españolas, la viga maestra del pensamiento patrio sigue fiel a los valores tradicionales. Leticia Sabater, una de sus intelectuales de referencia, protagonizó hace poco un debate donde creyó que estaba invitada a un festival en Corea del Norte porque confundió al auténtico Kim Jong-un con su doble en twitter. Más o menos por las mismas fechas, el gran filósofo católico Rouco Varela aprovechó el funeral de Suárez para expectorar una conferencia sobre el riesgo inminente de guerra civil donde, más que sentar cátedra de historia, la puso firmes.

Sin embargo, todas esas eminencias del arte y el pensamiento palidecen ante la reciente incorporación a las filas peperas de Kiko Rivera, alias Paquirrín, quien nunca tuvo el menor empacho en confesar sus simpatías políticas: “Voto al PP no por nada, sino porque no me gusta lo que ha hecho el PSOE”. Una declaración de principios que podrían suscribir punto por punto la práctica totalidad de los simpatizantes del PP salvo, quizá, Monchito, Macario, Marhuenda y el cuervo Rockefeller. A partir de ahora, siempre que surja el misterio de dónde reside el caladero de votos de la derecha, habrá que recordar esta sentencia de Paquirrín, un hombre que, según confesión propia, no lee periódicos ni libros, pero que seguramente pronto nos deleitará con uno. La culpa, como siempre, es de Zapatero.