Punto de Fisión

Milius no hace surf

A John Milius le debemos algunas de las mejores frases del cine del último medio siglo. También algunas de las peores, pero ese es un podio muy disputado del que no merece la pena hablar. Coppola dijo que nadie de su generación, ni Scorsese, ni Spielberg, ni siquiera él mismo, sabe contar historias como Milius. Acaba de cumplir 70 años, todavía se está recuperando de un ictus y casi lo primero que hizo, antes incluso de recobrar el habla, fue volver a empuñar la escopeta. Milius es un fanático de las armas de fuego, un hábito que contagió a otros cineastas como Paul Schrader y que vertebra su filmografía desde aquella célebre línea de guión que escribió para Harry el Sucio: "Anda, alégrame el día".

El olor del napalm por la mañana fue una ocurrencia suya, lo mismo que toda la parafernalia de aquel coronel enloquecido que repartía cartas de póquer entre los cadáveres de sus enemigos antes de arrasar una aldea del Vietcong sólo para cabalgar unas cuantas olas. La secuencia del ataque de los helicópteros, tal vez la más salvaje de todo el cine bélico, desequilibró la estructura y el ritmo de Apocalypse Now hasta el punto de que la película parece sufrir un colapso tras ella, y ni siquiera la postrera aparición de Kurtz, calvo, obeso y aceitoso, recitando espesamente a T. S. Eliot entre las tinieblas camboyanas, logra eclipsar los bayonetazos verbales de Kilgore: "Quiero mi carne cruda; cruda pero no fría" y "¡Charlie no hace surf!"

A pesar de la consideración general de obra maestra, a Milius le molestó tanto lo que Coppola había hecho con su guión que cuentan que de la rabia atravesó una puerta de un puñetazo. Tampoco le hizo mucha gracia que entre Redford y Pollack edulcoraran la historia de Jeremiah Johnson: en ella especificaba que su personaje debía eventrar a los indios que iba matando para devorar sus vísceras. Siempre obsesionado por dirigir, ofreció una sustanciosa rebaja por los trescientos mil dólares que costaba el guión de El juez de la horca con la condición de que le dejaran dirigirla, pero se quedó con las ganas y tampoco le gustó mucho el western espectral que logró John Huston con un Paul Newman en estado de gracia.

-No ha sido un duelo justo, juez. Le disparaste por la espalda.

-¿Y qué culpa tengo yo de que me estuviera dando la espalda?

Cuando lo dejaron colocarse detrás de una cámara filmó una obra maestra absoluta, El viento y el león, una sublime cinta de aventuras investida de una dignidad hacia el islam inédita en el celuloide. Por otra parte, nadie ha cuestionado mejor la sevicia y la inutilidad del imperialismo estadounidense como en ese final soberano en que un soberbio Brian Keith, encarnando al presidente Theodor Roosevelt, lee bajo un oso disecado ("Dejadme a solas con mi oso") la carta de ese caudillo marroquí con el rostro medieval de Sean Connery: "Vos sois como el viento y yo soy como el león. Vos formáis la tempestad, la arena me pica en los ojos y la tierra abrasa. Rujo de furia pero no me escucháis. Hay una gran diferencia entre nosotros: yo, al igual que el león, debo permanecer en mi sitio mientras que vos, como el viento, jamás sabréis cuál es el el vuestro. Muley Ahmed Al Rasuini, señor del Rif".

Cuando el productor Dino de Laurentiis le dijo que no quería saber nada de Schwarzenegger para el papel de Conan, no sólo porque le parecía un pésimo actor sino también un nazi, Milius replicó que sólo había un nazi en aquella película, él mismo, y a continuación exigió a Dustin Hoffman para hacer de bárbaro. Después de la ridícula Amanecer rojo, donde fantaseaba con una invasión soviética de los Estados Unidos, la acusación de nazi empezó a ir en serio y él matizó su posición política definiéndose como "anarquista zen", lo que tampoco aclaraba mucho las cosas. Los hermanos Coen terminaron de arreglarlo al hacer que John Goodman parodiase a Milius en el estrafalario papel de Walter Sobchak en El gran Lebowski:

-Mis amigos no murieron con la cara enterrada en el barro en Vietnam para que tú hagas trampas a los bolos.

-Walter, esto no tiene nada que ver con Vietnam.

-¡Todo tiene que ver con Vietnam!

Hubo un tiempo en que medio Hollywood, empezando por unos bisoños Steven Spielberg y George Lucas, le consultaban casi cualquier cosa. Gracias a él, por ejemplo, el gran Robert Shaw pudo recitar su memorable escena nocturna en Tiburón, un monólogo delirante que acojona más que todo el festival acuático de aletas, fauces y dentelladas. Ahora es triste verlo sobrevivir remendando guiones ajenos, como un viejo león herido por el polvo del desierto que levantan los robots galácticos de Lucas y los caballitos de guerra y los presidentes artríticos de Spielberg. Aun así, logró alzar para la televisión una Roma como nunca se ha visto otra, llena de colorido, de sangre, de historia, de espadas y de putas, una Roma trufada de legionarios veteranos de Vietnam y preñada por el Conan de Robert E. Howard. Pero nunca pudo llevar a cabo sus más locos sueños y parece muy difícil que salga adelante su biopic de Gengis Khan con el cantante de hip hop RZA de protagonista. Como en aquella hermosa película sobre surf, El gran miércoles, John Milius, armado hasta los dientes, todavía sigue esperando en la playa que llegue la gran ola que barra la civilización occidental. Y a nosotros con ella.