Punto de Fisión

Rosa de España

A nuestros políticos no los cuidamos lo suficiente y por eso ellos obran en consecuencia. Cuando los expertos lamentan que en España no quedan ya estadistas y critican que no haya un solo diputado capaz de legislar para la semana que viene, se olvidan de que aquí prácticamente todos están trabajando por el futuro: el propio y personal, se entiende. No tienen tiempo para preocuparse del de sus votantes cuando es su jubilación la que está en juego. He ahí la única línea roja que han respetado religiosamente: la de las pensiones, aunque la verdad es que se referían en exclusiva a las suyas.

La excepción se llama Rosa Díez, una mujer que se ha desgañitado criticando conductas inmorales e impropias, que ha proclamado un ideario que se desmarcaba del naufragio ético generalizado en los banquillos del parlamento y a quien una vez más la realidad ha pillado con la boca cambiada. Díez estaba predestinada a ser la Rosa del PSOE, el anagrama floral del psocialismo en carne y hueso, pero no pudo ser. Entonces, cuando la despreciaron para ocupar el trono vacante, Rosa Díez se empeñó con todas sus fuerzas en rellenar el vacío dejado por Lola Flores.

No era tarea fácil, desde luego, y desde entonces España ha ido deshojando pétalos de rosa, aunque unas veces eran de Díez y otras de López, aquella chica de Operación Triunfo que se fue refinando poco a poco, transformándose en una estrella y haciéndole la competencia. Por último Rosa López terminó escribiendo un libro, convirtiéndose en otro faro del pensamiento patrio y ya casi no se las distingue. Toda la vida criticando a las Sicavs y los privilegios fiscales de quienes las poseen, y de repente te encuentran chapoteando en el mismo lodazal de los dinosaurios políticos. Toda la vida alicatando la imagen de líder impecable e incorruptible y al final, cuando la trincan con un fondo de pensiones en una Sicav, va y dice que ella no iba a quedarse atrás, que quería ser como Cañete y como Mayor Oreja. Toda la vida jugando a emular a Rosa Luxemburgo y de lo que se trataba era de jubilarse en Luxemburgo.

Hay una explicación para este espectáculo bochornoso. Ocurre que Rosa Díez está enamorada, igual que la infanta Cristina, aunque no de Urdangarín sino de sí misma. La ceguera, la sordera, la ignorancia son los efectos secundarios del amor, no digamos ya del amor al dinero. En el único acto de coherencia posible, Willy Meyer ha presentado su dimisión, mientras que Rosa Díez, en su involuntario estriptís ético, ha preferido presentar un argumento irrebatible: lo que ella ha hecho es legal. Asqueroso, cínico e hipócrita, pero cien por cien legal, no hay vuelta de hoja. Para rematar la operación de márketing, le falta pedir a los españoles que colaboren uno a uno con un euro a forrar su fondo de pensiones, como hizo Lola Flores en su día. Aunque, en estricta legalidad, los españoles ya hemos contribuido a que esta buena mujer y sus tristes compañeros de naufragio disfruten de una vejez tranquila y próspera. A la postre va a resultar que lo único decente que ha hecho UpyD es sacar a Toni Cantó de los teatros.