Punto de Fisión

Aguirre privatiza ETA

Es una suerte que Esperanza Aguirre haya abandonado la política, porque si siguiera en activo prácticamente no hablaríamos de otra cosa. De hecho, incluso cuando está de vacaciones, se hace difícil ignorarla. Las secciones en los periódicos de gran tirada son diversas: Internacional, Nacional, Economía, Política, Cultura, Deportes y Aguirre, la cual en ocasiones ocupa más que todas las demás juntas. Esto es porque esta buena señora rebasa las fronteras habituales de la actualidad, lo mismo que desbarata las nociones de género y de número. Ha ostentado tantos cargos y títulos que ya no se sabe si hay una o hay varias.

Aguirre debería llevar publicidad de Bankia en la espalda, igual que el Santander patrocina a Fernando Alonso. Si absorbe toda la información a su alrededor como un agujero negro es porque una noticia como la del butrón a pleno día que montó en la Gran Vía, con atropello policial incluido, pertenece al mismo tiempo a Política, Sucesos, Automovilismo y Espectáculos. Después, al explicar el incidente, parecía que estaba dando el pregón de San Isidro, con retraso, o el del Día del Orgullo Gay, con adelanto. Muchos de sus admiradores proclaman que habría que incluirla en la bandera de Madrid, entre el oso y el madroño, pero con una valla electifricada en medio, por si le da por decorar el salón con una alfombra y un mueble-bar.

Hace cosa de un mes logró acaparar todas las portadas con un incidente en que demostró que en España, como en la Roma imperial, hay dos tipos de ciudadanos: Aguirre y el resto del PP. Los demás somos chusma, incluyendo a la Policía. En efecto, cuando el ingenuo uniformado fue a amonestarla, Aguirre se conformó con tirarle la moto de un revés y luego lo invitó a su casa, para que le pusiera la multa con pastas. La pilló de buen humor; el hombre tuvo suerte de que no llamara a toda la autoescuela del PP, de Carromero a Nacho Uriarte, para que le dieran un repaso.

Nadie entendió que la auténtica noticia bomba no era que la discípula aventajada de Margaret Thatcher se pasara a la Policía por el arco del triunfo ni que colapsase el tráfico en Callao durante 15 minutos. No, lo verdaderamente excepcional es que iba sacar dinero de un cajero, como cualquier otro parado. Ahora le cabrea mucho que Pablo Iglesias le esté quitando protagonismo sin ser conde ni grande de España, ni tener televisión propia, ni presidente sustituto, ni la coleta cardada, ni estilo, ni mechas, ni laca. Su ego es insaciable hasta el punto de que cuando la sorprendió el ataque terrorista en Bombay se pensaba que era la ETA, que había ido a por ella en Ryanair. Vamos, que pensó más o menos igual que el 11-M, pero con indios en lugar de con moros. Si será de ideas fijas que cada vez que echan Apocalypse Now en Telemadrid y llega la escena de los helicópteros, apaga el sonido de la tele y cambia la Cabalgata de las Valquirias por un chotis a todo volumen.

A la sexta o séptima portada que ha acaparado el lechuguino este de Podemos, la señora Aguirre no se ha aguantado más las ganas y le ha llamado etarra, que lo de procastristra y amigo de Venezuela ya está muy visto y ella no es de usar ropa usada. La demanda en los tribunales se la trae al fresco, que si Gallardón privatiza el registro civil, lo mismo ella privatiza los juzgados de Plaza Castilla. En cuanto a lo de que aprovechen el dinero recaudado para ayudar a las víctimas de ETA, sí, lo han adivinado: Aguirre se refiere a sí misma. Va a aprovechar para hacer otra colecta, como cuando dijo que con lo que sacaba ella en política no le alcanzaba ni para la propina del peluquero.