Opinion · Punto de Fisión

Pujol hace patria

Pujol andaba tan atareado con la independencia de Cataluña que no encontró ni un hueco para poner en orden unos dineros que llevaba arrastrando en Andorra desde 1980. El pobre estaba tan liado que ni tiempo tuvo para confesar la verdad, aunque hace cosa de año y medio sí sacó un rato para amenazar con querellarse contra cualquiera que publicase que tenía dinero en Andorra. Así son los auténticos patriotas: quieren tanto a su país que su amor no les cabe entero en el territorio nacional y tienen que dejar una parte en el extranjero. Ocurre lo mismo con algunos maridos, que respetan tanto a su esposa que van y se acuestan con otra. Más que nada, por no gastar la propia, que el roce hace el cariño, sí, pero cuando el cariño ya está hecho, empieza el deterioro.

Como catalán de pura cepa, Pujol podía haber elegido España para abrir un depósito en el extranjero, pero España le pillaba demasiado lejos y prefirió Andorra, que es el lugar de veraneo habitual para el dinero negro. En España los billetes de clase alta veranean en Andorra o Suiza igual que antes los ricos se tumbaban a la bartola en Biarritz, que también es el extranjero o casi. Entre las cuentas de Pujol, las de Bárcenas, las de los banqueros olvidadizos y los misterios dolorosos del PP que van apareciendo puntualmente por los glaciares del Mont Blanc, ahora mismo España no termina en los Pirineos sino en los Alpes. Con tantos euros rebosando de las cajas fuertes suizas, lo mismo ahora un grupo de banqueros avispados va y exige que se considere su cantón como comunidad autónoma española y el yódel una variante del cante flamenco.

Lo que no le perdonan de ningún modo los independentistas a Pujol es que tuviera el dinero en Andorra, como un españolazo cualquiera, pudiendo tenerlo en casa. Para colmo de mimetismo, ha pedido perdón al estilo del rey Juan Carlos, aunque no ha llegado a prometer que no lo iba a hacer más, quizá por la dificultad de regresar a los años 80. A un administrador catalán se le pueden disculpar muchas cosas, pero que no supiera ni dónde guardaba el dinero, como si fuese un sindicalista andaluz o un tesorero de la calle Génova, no tiene perdón de Dios. No se entiende cómo este hombre podía llevar las riendas de Cataluña si durante 30 y pico años no fue capaz ni de arreglar las cuentas de su casa.

A Pujol lo saludé en persona una vez, la noche de Reyes del 2003, durante la ceremonia de entrega de los premios Nadal. Yo había quedado finalista con una novela negra, El gran silencio, que había presentado bajo el pugilístico pseudónimo de “Rocky Marciano”. Con prisas y mal asesorado, como casi todos los políticos, Pujol me contó, mientras me estrechaba la mano, que fue una lástima que Marciano quedara sonado después de tantos combates. Tuve que corregirle allí mismo, en directo, y decirle que el gran campeón blanco había sido el único en toda la historia del peso pesado en retirarse invicto del cuadrilátero, que solía terminar sus combates por la vía rápida y que gozaba de buena salud cuando tuvo la mala suerte de matarse muy joven, al estrellarse en una avioneta. Pero Pujol, aunque sonreía, ya no me hacía ningún caso; debía de estar pensando a ver cuándo sacaba un rato para regularizar esos puñeteros milloncejos que seguían olvidados en Andorra desde que Tarradellas le dio calabazas.