Punto de Fisión

Los juguetes de Israel

La fotografía muestra a una niña palestina tapándole los ojos a su muñeca, una niña que de golpe ha dejado atrás la infancia y que ha visto cosas que nadie debería ver. No está exactamente asustada ni aterrorizada: el terror y el espanto son sentimientos que ese pequeño rostro ha rebasado hace ya mucho tiempo, hace ya muchos muertos, y por eso el rastro de las lágrimas que han arrasado las mejillas y la mueca que le dobla la boca en una edad inconcebible. Con una mano sostiene a su muñeca de plástico y con la otra mano le cubre los ojos para protegerla de ese horror que está fuera de cámara: los edificios devastados, las escuelas bombardeadas, los escombros que salpican las calles, la sangre sobre las piedras, los perros muertos, los hombres muertos, los cadáveres al sol.

Hablar de esa niña y de su dolor es hablar de Israel, de la obra de Israel, de la seguridad de Israel, de las razones de Israel, porque a lo largo de la interminable y desdichada historia humana siempre ha habido razones para todo, no digamos para las lágrimas de un niño. Pero la obscenidad alucinante de esa fotografía está en su pureza, en la mirada de la niña, en lo que queda al otro lado, fuera de foco: el martirio, el fuego, el vacío que no nos atrevemos a mirar y que ella piadosamente nos impide ver. Nosotros, los espectadores de esa masacre, los que ponemos etiquetas y nombres, nos asomamos un minuto al infierno de Gaza pero la niña palestina sabe muy bien que su desgracia no nos interesa, que no formamos parte de ese juego pavoroso y nos tapa los ojos.

Para esta niña anónima lo que sucede es una historia de juguetes, una guerra de juguete donde otros niños perversos también juegan a la guerra con aviones y con tanques, una película infantil descontrolada que obedece a consignas incomprensibles, Hamas, Netanyahu, terrorismo, el Margen Protector que reduce las cosas a cenizas, la vida a la muerte, los seres humanos a muñecos. En el calor de ese trozo de plástico que aprieta contra su pecho yace el último resto de humanidad, el último refugio contra la angustia de no saber y de no ser. Hay un punto más allá del cual las palabras no sirven y en ese límite empieza el balbuceo final de Kurtz, el diario de Ana Frank, el lenguaje de la destrucción con el que algunos poetas intentan abrirnos los ojos ante el mal. El gran poeta Álvaro Muñoz Robledano ha visto esta fotografía y ha escrito esto:

TOY STORY

es tan fácil seguir el rastro de las lágrimas

a través del polvo clavado en las mejillas

es tan fácil decirlo mirarlo una vez más

ponerlo por escrito asegurar las puertas

casi tan fácil como hacer fotografías

a las estalactitas o al vestido de novia

al tiempo que charlamos acerca de los muertos

y su caligrafía y bebemos un poco

más un día es un día siete una semana

de vientos arenosos y noches en cadena

fosforescentes lívidas es tan fácil entonces

pensar en los tejados que se hunden con estrépito

siempre en la otra acera sin nadie bajo ellos

sin interrogaciones a las que aplaudir

pero no es posible

a pesar de ser tan fácil

llegar a perdonar llegar a no saber

el pánico que sienten los muñecos tras ver

apenas un segundo

de tal facilidad

nina1(NOTA : Acabo de enterarme de que la célebre foto de la niña palestina que le tapa los ojos a su muñeca no está hecha en Gaza sino en Turquía hace unos años. Pido perdón por el error, no tiene excusa a pesar de que la foto ha sido reproducida en multitud de periódicos, blogs y páginas de internet, y ha suscitado comentarios de todo tipo, inspirado poemas y también artículos erróneos como el mío. Este tipo de manipulaciones, a pesar de toda la buena intención con que se hagan, acaban haciendo casi tanto daño como el que pretenden denunciar. La mentira nunca puede ser excusa de nada, y menos aun en el periodismo. Hoy mismo acabo de leer comentarios indignados supuestamente hechos por actores norteamericanos; en uno de ellos, Anthony Hopkins se avergonzaba de ser estadounidense, cosa ciertamente difícil puesto que es inglés.

detalleHe decidido mantener el texto íntegro porque, si no la foto, al menos la emoción con que lo escribí sí fue auténtica: habla de la infancia destruida en todas las guerras, también, por desgracia, en Israel, donde ya van más de doscientos niños muertos y donde miles de ellos han perdido su hogar. Hay docenas de fotos auténticas de niñas palestinas llorosas que arrastran sus muñecas por el polvo de Gaza y cualquiera de ellas podría servir para ilustrar el texto, pero seamos sinceros: ninguna le tapa los ojos. Aun así, el poema de Alvaro Muñoz es tan universal como esa foto de la niña turca, como su dolor, como nuestro dolor).