Opinion · Punto de Fisión

El buque escuela

Hay dos posibilidades para explicar el hecho de que el Juan Sebastián Elcano, el buque escuela de la Armada Española, llevara encima un alijo de 127 kilos de farlopa: o la oficialidad al mando estaba en el ajo o no lo estaba. Y no se sabe cuál de las dos es peor. Porque no haberse enterado significa que, mientras el capitán estaba oteando a poniente, los tres traficantes podían haber colado dentro 127 kilos de uranio enriquecido, 127 kilos de jamón york caducado, 127 kilos de tecnología japonesa, 127 kilos de señora o 127 kilos de Al Qaeda, lo que hacen dos talibanes delgaditos o uno ya más fornido, de ésos que se tira a bomba desde la cofa, hunde el barco y provoca un maremoto que llega hasta Zamora.

Lo más probable es que ningún oficial se haya enterado, porque vivimos en un país donde por encima del grado de grumete nadie sabe siquiera si se ha tirado un pedo. Hace un año del accidente ferroviario de Santiago y, quitando el conductor, allí ni Dios sabía por dónde le daba el aire: ni ingenieros de Renfe, ni responsables de Adif, ni consejeros ténicos, ni fabricantes, ni ministros. El señor Baltar ignoraba que los cargos públicos no se reparten a dedo, entre familiares y amigos, y por eso tenía la diputación de Orense que parecía un cumpleaños. En el Madrid Arena murieron cinco chicas porque allí la normativa sobre salidas de emergencia y las más elementales medidas de seguridad no las conocía ni el encargado de los refrescos, con lo que la alcaldesa tuvo que irse a un Spa en Portugal ese mismo fin de semana para curarse el sofoco. El presidente González, precursor del felipismo antes del rey Felipe, no sólo descubría las principales noticias sobre los GAL y la corrupción de su gobierno durante los desayunos de prensa, sino que al final se las traían envolviendo los churros.

La ignorancia es la virtud que forma líderes en España, un país en donde, cuanto más lerdo eres, más probabilidades tienes de llegar a la cumbre. Aquí le exigimos idiomas a un barrendero pero no se sabe todavía de ningún presidente que haya mejorado el nivel de inglés del Caudillo, que hablaba un inglés de importación, como si hubiera estudiado en la misma academia que Ana Botella. Una lástima que no pudieran coincidir juntos en un programa de idiomas en Barrio Sésamo, al lado de Epi y Blas: uno disfrazado de pera, otra de manzana. El no va más del desconocimiento es Mariano, que en vivo y en directo fue incapaz de descifrar su propia letra, como si fuese médico de barrio en lugar de registrador de la propiedad. Esperamos que, en los tiempos en que ejercía, registrara las propiedades a máquina, porque si no vaya usted a saber lo que habrá registrado y a nombre de quién. Cualquier cosa es posible en un partido donde los tesoreros están en busca o captura y donde las cuentas las llevaba Bárcenas en una libreta de mercería.

“No sabe, no contesta”, es el lema de la marca España. Podían grabarlo en letras doradas en la bandera del Juan Sebastián Elcano, montar un botellón a vela y dar otra vez la vuelta al mundo con fuerte viento de levante.