Punto de Fisión

El disgusto de Pujol

A Pujol no sólo se le ve muy tranquilo cuando sale a pasear por Queralbs, sino que encima se le ve muy disgustado. Se supone que el disgustado tendría que ser el pueblo catalán, después de que uno de los padres de la patria confesara que llevaba toda la vida engañándolo con Andorra, pero no: el que se enfada y se enfurruña es Pujol. En su ya célebre carta de arrepentimiento, Pujol expresó "el compromiso absoluto de comparecer ante las autoridades tributarias y, si es necesario, ante instancias judiciales, para acreditar estos hechos y de esta forma acabar con las insinuaciones y comentarios". Ni tres días le ha durado el arrepentimiento al Honorable, quien, a la primera de cambio, ha vuelto a defraudar a esa "gente de buena voluntad" para la que había urdido una explicación bastante confusa sobre una herencia paterna que, más que otra cosa, parecía un chiste de catalanes.

La verdad es que esto del disgusto en mitad de la pillada es algo muy español. Imposible olvidar el día en que Ana Rosa Quintana regresó a los platós de televisión después de que se calmaran un tanto las aguas tras la noticia de que la novela aquella que supuestamente había escrito no sólo era un plagio, sino un plagio facturado por un negro. Uno de sus colaboradores, en un afán de congraciarse con la diva, le preguntó qué tal lo llevaba después de la tormenta de mierda que le había caído encima. "Calla, calla", dijo Ana Rosa meneando la cabeza, "que tengo un disgusto". Como si la pobre mujer acabara de enterarse de que la novela no la había escrito ella. A Pujol lo trincan defraudando dinero a Hacienda, ocultando dinero en el extranjero durante 34 años, pide perdón a regañadientes y luego dice que la culpa es de un banco en Andorra, que se van a enterar. Más español no se puede ser.

"No iré al Parlament antes de que mi hijo vaya al juzgado", asegura Pujol, que sabe de sobra que al paso que va la Justicia en España y con 84 años a sus espaldas, lo más probable es que cuando llegue la hora de presentarse en el Parlament tengan que convocarlo mediante una ouija. Para los poderosos, esta táctica dilatoria frente a la Justicia suele dar excelentes resultados. Pujol está ensayando la misma técnica que Jesús Gil, un especialista del catenaccio judicial que acumulaba procesos unos encima de otros igual que acumulaba collares y cadenas de oro al cuello. Parecía que el peso de tanta ferretería iba a hundirlo definitivamente (siempre que aparecía en una piscina, rodeado de sirenas, procuraba hacer pie), pero al final se escurrió por las puertas del más allá haciendo un corte de mangas a los jueces que aún siguen intentando poner orden en la novela de sus desmanes. Mientras iba abriendo cerradura a cerradura las puertas a la gran patria catalana, Pujol iba guardando los ahorros a puñados en calcetines andorranos. Parecía estar escribiendo la gran epopeya nacionalista y al final resulta que era la letra de una rumba. Entre su exilio pirenaico y la muerte de Peret, la que no gana para disgustos es Catalunya.