Punto de Fisión

Oculten el currículum

Un estudio ha concluido que en España es mejor no tener estudios. No estudios estadísticos sino cualquier tipo de estudios. Es el estudio definitivo, el que nos lanza directamente al barranco, a la ignorancia, a la Edad de Piedra y a Telecinco. Dicho de otro modo: aquí cuánta más cultura, menos trabajo, menos dinero y menos posibilidades de acabar de consejero político. La prueba del algodón es la exigencia del inglés para un puesto de barrendero mientras que una alcaldesa lo habla al nivel Alfredo Landa, dos presidentes no alcazan ni el chapurreo y uno escribe español en gallego, que nunca se sabe si sube o si baja.

Hay una escena maravillosa en no recuerdo exactamente qué secuela de Superman en que una rubia espléndida está tumbada en el sofá leyendo a Kant, intentando rasgar los velos del fenómeno y el noúmeno. De repente se abre la puerta, entra el gángster con sus esbirros y la rubia guarda a toda leche el tomo de filosofía bajo el cojín mientras se pone a hacer mohínes y a limarse despreocupadamente las uñas. El chiste es universal, aunque es evidente que esa mujer ha estudiado filosofía en una universidad española y sabe que es mejor enseñar el culo y ocultar el currículum. En España aquello de "¿estudias o trabajas?" siempre fue un chiste incomprensible, lo mismo que aquella maldad genial de Paul Groussac, quien una vez escribió en una crítica que temía que el hecho de que un libro se hubiera publicado fuese un serio obstáculo para su difusión. Aquí la lectura es un vicio que se paga con dioptrías y los libros un lastre desde aquellos gloriosos tiempos en que una estantería con media docena de ellos sólo despertaba el interés del Santo Oficio.

Durante el servicio militar un sargento me dio la clave de nuestra desconfianza secular hacia la letra escrita. Dos o tres soldados nos ofrecimos para enseñar a leer, escribir, sumar y restar a unos cuantos analfabetos que acababan de llegar al cuartel, pero el sargento receló de inmediato. Le explicamos que, por supuesto, no íbamos a cobrar nada, que daríamos las clases en las horas libres y que el ejército únicamente tenía que prestarnos las aulas. El sargento torció la boca en una mueca de ministro y soltó una coz verbal que ha sido el lema de la educación española desde Atapuerca: "¿Y para qué quieren éstos aprender a leer, si yo sé y no leo?"

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he encontrado una y otra vez con distintas formulaciones de la misma pregunta: "¿Y eso cómo lo sabes? ¿Lo has leído en un libro?" Es una elegante variación de aquella reprimenda clásica: "Hijo, tú eres muy listo para los libros pero muy tonto para la vida". Nuestros padres se preocuparon de darnos una educación, a algunos incluso una carrera, aunque sólo fuera para intentar paliar el vacío de una generación condenada al catecismo. En un capítulo profético del Quijote un cura y un barbero limpian una biblioteca con cerillas para que la enfermedad de la lectura no se extienda por La Mancha. No sé qué hacen aquí leyendo.