Opinion · Punto de Fisión

Hawking desencadenado

Un científico señaló una vez que no sólo era muy difícil suponer la existencia de vida inteligente fuera de nuestro planeta sino también dentro de él. Las guerras, hambrunas, desigualdades, conflictos, necedades y miserias campan a lo largo y ancho del mundo. Basta ver la programación de Tele5, el catálogo de ciertas editoriales o el currículum del gobierno (y la oposición) en pleno para revisar de arriba abajo el concepto de homo sapiens. Por suerte, de vez en cuando surge un homínido que alza la bandera del conocimiento, la levanta entre el polvo y hace otro trecho del camino que nos ha llevado paso a paso del palo al telescopio, del barro a los antibióticos, de las cavernas a las estrellas.

Uno de esos pocos relevistas vivos es Stephen Hawking, un hombre que lleva décadas encadenado a una silla de ruedas, atrapado en la cárcel de su propio cuerpo. La esclerosis lateral amiotrófica, que comenzó su silenciosa invasión cuando el científico contaba apenas veinte años, se ha ido agravando con el tiempo y en la actualidad Hawking no puede mover ni un dedo. Es como si dentro de él fuese creciendo un agujero negro -su gran aportación a la física-, uno de esos centros gravitatorios que lo atraen todo hacia su interior, incluso la luz. Últimamente, sin embargo, Hawking ha corregido lo extremista de esta visión, bromeando con la idea que los agujeros negros no son tan negros como se creía en un principio. El lleva toda la vida saliendo de uno de ellos.

En 1985, en Ginebra, una neumonía estuvo a punto de matarlo. Los médicos suizos aseguraron a su esposa que no merecía la pena mantenerlo con vida, pero ella lo trasladó a un hospital de Cambridge donde un cirujano le practicó una traqueotomía que le salvó la vida al precio de dejarlo sin voz. Desde entonces se comunica a través de un programa informático, pero ahora que ha perdido el uso de las manos, el ordenador interpreta algunos mínimos movimientos de sus ojos. Cuando lo entrevistan, las preguntas deben enviarse con mucha antelación, ya que este Prometeo encadenado no tiene tiempo que perder y la respuesta se demora al ritmo de tres palabras por minuto. Cada palabra, pronunciada por una voz extraña y mecánica (“Es mi voz” ha asegurado el propio Hawking alguna vez, orgulloso de esa prótesis informática) es un milagro, un concepto que él considera inapropiado para tan sofisticado avance tecnológico. Si Hawking sigue vivo y operativo, si todavía puede trabajar, escribir y comunicar sus descubrimientos es gracias a la ciencia.

La imagen de Hawking, un hombrecillo desfigurado y encogido en su silla de ruedas, es un triunfo de la mente sobre el cuerpo, un recordatorio de la fuerza inquebrantable del espíritu humano. Es, sin duda alguna, el científico más célebre de la segunda mitad de siglo y a su fama han contribuido tanto sus teorías y descubrimientos como su estampa desangelada, inerme e indestructible. Muchos profanos nos preguntamos cómo es que todavía no ha recibido el premio Nobel, pero a cambio es uno de los pocos científicos galardonados con la Medalla Copley, un galardón que otorga la Royal Society de Londres desde 1731, que ha sido declarado desierto en varias ocasiones y que ha recaído en genios de la talla de Darwin, Humboldt, Pasteur, Planck, Böhr, Einstein y Penrose. En Canarias, Hawking envió un mensaje a Mariano Rajoy, advirtiéndole que los recortes en investigación sólo conducen a la ruina y que el desarrollo económico de un país depende de sus licenciados con formación científica. Mariano, que tiene un primo catedrático que ni siquiera sabe la diferencia entre climatología y meteorología. Como si le hablara a un agujero negro con barba y gafas.