Punto de Fisión

Ana Mato en Palomares

Cuando algún día rueden la película del ébola en España, la primera duda de la productora va a ser decantarse entre una de catástrofes o una comedia negra, elegir entre Berlanga o Alex de la Iglesia, entre los Hermanos Marx o Mariano Ozores. Lo cierto es que, con el PP en primera línea de playa, la cosa en seguida tira hacia Paco Martínez Soria. En cualquier caso la historia más española no puede ser: empezó por la picaresca, siguió por el vodevil, degeneró hacia el esperpento y ahora ya ni se sabe.

En este descontrol de tres pares de cojones pululan una ministra desaparecida, un virus desaparecido, un perro desaparecido, unas autoridades que le echan la culpa a la enfermera y un médico especialista en cuidados intensivos, Santiago Yus, que tiene que tratar a la enferma y está acojonado porque nadie le ha explicado siquiera cómo se colocan los guantes. Con unas cartas más o menos parecidas y con Terry Southern de guionista, Stanley Kubrick jugó una partida magistral que era una hartá de reír y que terminaba con una sucesión de hermosos pepinazos atómicos. Por esa curiosa costumbre española de intentar mejorar lo que ya viene perfecto de fábrica aquí la película se llamó Teléfono rojo, aunque el título original era Doctor Strangelove, que es un lema cojonudo para un gabinete de crisis a la española.

De momento, como no podía ser de otro modo, la responsabilidad de este dislate mortal ha recaído en el eslabón más débil de la cadena, Teresa, la enfermera, que no aprendió en un cursillo de quince minutos a quitarse bien los guantes. Por si fuera poco su torpeza, el consejero de Sanidad de Madrid (un cargo que, a día de hoy, es un triple oxímoron) la ha acusado además de mentir sobre su temperatura corporal en su primera visita al médico. El hombre, una eminencia del humor, no ha explicado por qué iba a mentir la pobre mujer, a lo mejor quería extender la plaga bien a fondo. No sabemos si la enfermera, aparte de torpe y de trolera, es ETA o algo peor, porque algún medio amigo ya ha insinuado que estudió en la misma universidad que Pablo Iglesias. Era difícil enlazar al líder de Podemos con una catástrofe que lleva el marchamo del PP desde el primer fotograma hasta ahora mismo, pero todo puede esperarse de la misma gente que gestionó el hundimiento del Prestige, el accidente del metro de Valencia, el del tren de Santiago y la tragedia del Madrid Arena. Masacres todas ellas donde no hubo ni un solo responsable político, ni uno solo, y que se achacaron exclusivamente al despiste o a la mala fe a los conductores, excepto en el caso del Madrid Arena donde no había ningún volante a mano y fue más bien cosa del piloto automático.

Ya hemos visto esta misma Spanish Horror History en las sesiones de sobremesa de Estrenos TV: mientras los médicos, aterrorizados, reclaman manuales y formación, los políticos que la han liado parda aconsejan calma a la población (los mismos que pedían la dimisión en bloque del ejecutivo de Zapatero con la historia de la gripe A, que al lado del ébola es un chiste de Lepe). Desde Milán, Mariano ha dado un mensaje de tranquilidad y no parecía más tranquilo porque no estaba más lejos. "El contagio no es fácil" ha dicho Ana Mato. Le faltó añadir con los brazos en alto: "¡Pero lo hemos conseguido!". No estaría mal que Mato dimitiera, de ser posible hace dos años y más que nada para que pudiéramos despejar la ecuación y suprimir al menos el elemento más dañino en este caos acojonante. De momento y muy prudentemente, ha decidido eclipsarse y no acudir a la cumbre sanitaria que ella misma había convocado (que también es una costumbre muy española esa de montar una reunión y luego no presentarse). Ya decíamos al principio que este pollo es nacional cien por cien, aunque, para serlo más aun y tranquilizar de verdad a la población, lo mejor es que Ana Mato acuda en bikini en el hospital y le pegue un morreo en la boca a la enfermera contagiada, al estilo de Fraga cuando se tiró a bomba en Palomares. Que tampoco pasa nada, joder.