Opinion · Punto de Fisión

Urceloy al desnudo

Los poetas son gente rara, sobre eso creo que no cabe ninguna duda. Todos los poetas que he conocido cumplen este axioma en diversas modalidades, desde los que recitan poemas desnudándose en público hasta los que se dedican a gorronear a los amigos -lo cual, bien mirado, no es más que otra forma extrema de transparencia, ésa que pedía a voces Juan Ramón Jiménez. Los poetas, incluso los más pobres, tienen algo de aristócratas, cigarras de la escritura que se desperezan al sol y de vez en cuando cantan un verso, unos desnudándose, otros mendigando grano a las hormigas. En cambio, los novelistas, incluidos los más de éxito, suelen ser proletarios del teclado, estajanovistas de la máquina de escribir, laboriosos insectos que acarrean de acá para allá frases y capítulos. García Márquez explicó una vez que el único momento verdaderamente luminoso de parir una novela era la primera imagen, una especie de fulgor original que se resumía en un palacio en ruinas lleno de gallinazos o en un anciano que se moría orinando frente a un árbol, encogido como un pollito. «Lo demás» añadía «es puro trabajo de burro».

La primera vez que vi a Jesús Urceloy fue en la extinta librería Altair de Madrid, donde yo despachaba guías y libros de viajes. Allí se presentó una mañana, con una camisa veraniega inextricable y unas bermudas que dejaban al descubierto un par de rodillas homéricas, rematadas en sandalias de plantígrado. Me encontré a un tipo enorme, una especie de boy-scout gigante con una sonrisa cálida como un abrigo y cargado con dos bolsas repletas hasta los topes de libros y cedés. Mi compañero, Rafa Conde, pensó que se encontraba ante la versión hardcore de Ignatius Reilly, mientras que a mí me recordó de inmediato, por la corpulencia amenazadora, el empaque  formidable y las pesadas gafas, a Stephen King. No estaba tan gordo como está ahora, hace ya quince años y cincuenta kilos, pero yo ya sabía, porque había leído algunos poemas suyos en Ariadna, que aquel hombre tenía que ser grandioso, que forzosamente iba preñado de belleza de la cabeza a los pies. Se echó a reír al saludarme con una carcajada de ópera.

Ahora acaba de salir a la calle Piedra vuelta (Amargord), que contiene la poesía completa de Urceloy desde 1985 hasta la fecha, entre el Libro de los Salmos y Officium, más de cuatrocientas páginas repletas de rabia, de risas, de lágrimas, de música y de vida. Nunca he sabido muy bien cómo hablar de poesía, es como intentar tocar el tuétano del idioma, más aun cuando uno se encuentra ante un poeta como Urceloy, que posee un dominio absoluto de la métrica castellana y un alma grande y compasiva que casi no le cabe en el cuerpo. Leyendo a Urceloy descubrí, por ejemplo que Batman y Robin compartían algo más

que un oscuro antifaz y un par de leotardos.

Y también comprendí por qué Tintín siempre me cayó gordo:

Tintín. Caracolillo sobre la frente. El listo.

Como el listo de clase: repeinadito y pulcro,

y que era reportero nosequé y nosedónde,

ni cómo le enchufaron ni si tenía nómina.

El tonto de Tintín siempre encontraba puertas

secretras tras los muros en el último instante,

y mataban a otro.  

Entre el virtuoso capaz de dedicarle un soneto a Sherlock Holmes (personaje del cual ha hecho una edición imprescindible en Cátedra, donde también tiene una edición soberbia de Las mil y una noches) y el goliardo que le canta un ovillejo a Chewbacca, está también el hombre que vuelve a casa y se quita el uniforme como si se arrancara la piel, el guardia triste, ceremonial y desesperado de La profesión de Judas, una canción al dolor y una diatriba contra el trabajo como pocas se hayan escrito en nuestro idioma.

Urceloy es una escuela viviente de lírica, y no hablo sólo de sus alumnos, esos tipos con suerte, ni de la muchedumbre de sus amigos poetas, entre los que tengo el honor de contarme, sino de que la poesía le sigue allá donde va. Recuerdo todavía el escándalo mayúsculo que armó en el CEU, donde dirigía un ciclo de lecturas al que invitó a numerosos poetas (recuerdo, a bote pronto, a Juan Carlos Mestre, Antonio Gamoneda, Isla Correyero, Luis Felipe Comendador, Antonio Polo, Alvaro Muñoz Robledano, Rafael Perez Castells, María Eloy García, Luis Alberto de Cuenca, Juan Manuel Navas). Al final del curso les pidió a sus alumnos a que cada uno escogiera unos cuantos poemas suyos y otros tantos de cada uno de los poetas que habían leído aquel año con la intención de editarlos en un libro. Con instinto infalible, los chavales escogieron del gran Iñaki Serra un poema absolutamente herético titulado El niño demonio, donde, entre otras cosas, un niño untaba de aceite un crucifijo antes de introducírselo por el culo. El libro fue editado con el marchamo del CEU, regalado a los alumnos y amantes de la poesía, y almacenado en los hogares cristianos, hasta que un buen día, uno de los padres leyó aterrorizado aquella insólita blasfemia. La edición fue retirada de circulación de inmediato, los libros almacenados en algún sótano y el curso de Urceloy suspendido por siempre jamás. «Esto demuestra lo que siempre digo:» comentó con su risa pantagruélica Jesús, «que en este país casi nadie lee poesía. Y para uno que lee, mira lo que pasa».