Opinion · Punto de Fisión

Izquierda popular de Judea

Una vez, hace ya muchos, un amigo me invitó a cenar a su casa después de salir del trabajo. Su mujer estaba a punto de salir de cuentas y aquella noche había buscado refugio en casa de sus padres, lo cual, visto el estado de la nevera de mi amigo, me parecía la opción más lógica y realista. De manera que nos encontramos solos en el piso él, yo, una bolsa de croquetas ultracongeladas y una sartén con tres dedos de aceite. Todo un plan. En su descargo debo decir que se encontraba muy nervioso y en el mío que tenía mucha hambre. El caso es que puso la sartén al fuego, abrió la bolsa de croquetas y, sin pensarlo mucho, las depositó inmediatamente en el aceite en frío. Estábamos hablando de algo, supongo, pero al cabo de unos minutos dejamos de hacerlo para contemplar estupefactos el espectáculo de las croquetas nadando entre burbujas de pan rallado, golpeando unas contra otras como los coches de choque y finalmente desmenuzándose en trocitos cada vez más pequeños.

El desmenuzamiento, acompañado de un emocionante chisporroteo, prosiguió unos minutos hasta que finalmente nos decididimos a apagar el fuego. Para entonces las croquetas habían continuando su peculiar partogénesis, escidiéndose en lo que nos pareció que debían ser moléculas y átomos de croqueta. Fue una lástima que tirásemos el resultado al cubo de la basura porque algún laboratorio sin nada mejor que hacer podía haber optado al premio Nobel con nuestra elegante demostración de que la materia, aun cuando sea infinitamente subdivisible, sigue siendo comestible.

Por suerte, Izquierda Unida ha propiciado en las últimas semanas un nuevo ejercicio de fraccionamiento radical con el que entretener el anquilosado panorama político. Con la ventaja adicional del canibalismo, puesto que los trozos de croqueta, al menos hasta donde yo pude ver, no se devoraban entre ellos. Mientras la derecha, a pesar de todos sus gúrteles y sus bárcenas, se dedica a la suma e incluso a la multiplicación, la izquierda apuesta decididamente por la división. Son dos maneras distintas de entender la vida y la política: el matrimonio contra el divorcio, la unión hace la fuerza contra el divide y perderás, aunque creo que esto último no acaban de pillarlo. Mal que le pese, Cayo Lara se encuentra de repente en una tesitura semejante a la de Rambo en Afganistán rodeado por todas partes de tropas enemigas. «Bien» decía Rambo, empuñando la metralleta: «Los tenemos rodeados».

Esta vieja estrategia de IU proviene de aquel viejo enfrentamiento entre trostkistas y maoístas, y posiblemente de mucho más atrás, de aquella gloriosa escena de La vida de Brian en que las distintas facciones rebeldes se sentaban en las gradas del circo romano con el sano propósito de insultarse unas a otras. «Sólo hay una cosa que odiemos más que a los romanos y es al Frente Judaico Popular. ¡Disidentes!». «Y esos cabrones de la Unión Popular del Pueblo Judaico. ¡Disidentes!» «Y los peores de todos son los del Frente Popular de Judea. ¡Disidentes!» «Qué dices, insensato. El Frente Popular de Judea somos nosotros».  «¿Hace una de morros de nutria?» «No, mejor una de croquetas».