Opinion · Punto de Fisión

Mujeres, hombres y replicantes

Ayer, los tuiteros españoles asistieron estupefactos a una versión hardcore de ese viejo chiste en que se encuentran dos amigos y uno le dice al otro que se le ha muerto su padre. «Vaya día llevamos», replica el amigo, «tú pierdes a tu padre, yo pierdo el boli». La piara de seguidores de Mujeres, hombres y viceversa, una parada nupcial de urogallos humanos, empezó a dar muestras de indignación porque el programa de Ana Rosa Quintana se alargaba para intentar dar noticia del avión caído en los Alpes franceses. Pocas veces la palabra «retraso» habrá adquirido tantos significados. La piara de alimañas era lo bastante numerosa como para inundar las redes de mensajes que oscilaban entre el analfabetismo y la psicopatía, pasando por la indecencia emocional, la estulticia absoluta y la más elemental falta de piedad. Había desde chonis que se lamentaban por la demora de su alfalfa favorita hasta verracos que pedían que cayera un «abion» en la casa del responsable.

Philip K. Dick contaba que la idea motriz de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela que inspiró Blade Runner, se le ocurrió a raíz de la lectura de los diarios de un guardián de un campo de exterminio nazi. Subrayó un pasaje en que el hombre se quejaba porque no podía dormir a causa del llanto de un niño judío que se estaba muriendo de hambre. Dick señalaba que hay algo esencialmente pavoroso en alguien que antepone su derecho al sueño ante un horror semejante, algo que parece humano pero que en realidad no lo es. Esa atrocidad le dio la idea del replicante, una imitación casi perfecta de un ser humano en la que sin embargo faltan los sentimientos elementales básicos, la empatía, la compasión, la capacidad de sentir el dolor de los demás más allá de uno mismo. Por eso la obra de Dick, por encima de su maestría y su potencia imaginativa, es una de las cimas más altas no ya de la ciencia-ficción y de la literatura en general, sino del humanismo. Dick descubrió que el nazismo triunfa merced no a un pacto diabólico ni a una ceguera política sino a una falla básica en la configuración de la especie. Dick descubrió que la raza humana está llena a rebosar de replicantes.

En la versión del director (que campa gloriosamente estos días en los cines) esta diferencia desaparece ante la sospecha de que Deckard, el cazador, podría ser también un replicante. Aparte de incongruencias fisiológicas y argumentales, Ridley Scott no alcanzó a entender que esta segunda lectura anula por completo el prodigioso salto de fe de Rutger Hauer: el que da al ingresar en la familia humana gracias al acto supremo de redención por perdonarle la vida a un asesino. No es lo mismo pensar que un androide podría ser humano que pensar que todos podríamos ser androides. Es exactamente lo contrario. Cuando Roy Batty, tras su bellísimo parlamento fúnebre, suelta la paloma, que vuela hacia un imposible cielo azul (en la primera versión de la película; ahora Scott lo ha oscurecido digitalmente), es la misma imagen del alma que se despega del cuerpo mortal en los grabados medievales. El alma no viene dada en la dotación genética, pero el replicante Roy logra fabricarse una in extremis, el alma de la que carecen esos patéticos monstruos que clamaban por su reality de mierda en lugar de guardar un minuto de luto y de silencio por la tragedia aérea de los Alpes.