Opinion · Punto de Fisión

Centenario de Gregor Samsa

En 1915 Gregor Samsa se despertó en su cama, después de un sueño intranquilo, transformado en un monstruoso insecto. Hasta que llegó Kafka, esa era una frase para concluir un relato, no para comenzarlo. De hecho, el brusco despertar suele ser el final que muchos niños, y muchos malos escritores, utilizan para salir de un atolladero narrativo: «Se despertó y había sido todo un sueño». Otra posibilidad era acabarlo con la aparición del monstruo: un alarido de puro terror. Pero Kafka decidió tirar para adelante y ver qué era de Gregor después de su transformación, cómo llevaría el día a día alguien asqueado de su propio aspecto, repudiado por su familia, entorpecido con un caparazón y muchas patas. En muchos sentidos, Franz Kafka es el Himalaya de la narrativa: una montaña que empieza donde otras acaban.

Aunque hoy es uno de los genios indiscutibles de la literatura del pasado siglo, y sin duda el más original de todos, en vida, Kafka fue ignorado hasta la extenuación por editores, críticos, colegas y público. Tal vez dolido por tantos rechazos, encargó a su amigo Max Brod que quemara todos sus manuscritos, pérdida que podría haber sido equivalente al incendio de la biblioteca de Alejandría, pero Brod desobedeció el mandato no sólo porque sabía del valor de lo que tenía entre manos, sino porque sospechó que, de haber querido realmente destruirlos, Kafka lo habría hecho él mismo, como hizo con docenas de carpetas. Nunca se lo agradeceremos bastante. Su influencia es inmensa: abarca autores, géneros, continentes, y va más allá de la literatura, llegando hasta la filosofía y la política.

Borges, que tradujo al castellano La metamorfosis y fue uno de sus primeros y mejores lectores, advirtió que la resonancia de Kafka era tan enorme que se podía rastrear hacia atrás; que había formado un archipiélago de precursores; que ciertos relatos de Melville, de Hawthorne, e incluso, ciertas parábolas de Zenón, tenían un indudable aire kafkiano. Lo cual remite al hecho de que es uno de los poquísimos escritores (Homero, Dante, Cervantes y Shakespeare son los otros) que se ha ganado a pulso un adjetivo propio, uno que se emplea a menudo para describir una situación absurda, asfixiante, cómica y terrorífica, y que tantas veces le viene al guante a nuestro propio mundo. En El proceso, Kafka profetizó con milimétrica precisión el horror de la policía y la justicia totalitarias que en pocas décadas iba a arrasar con su querida Praga. En El castillo plasmó la angustia del hombre empantanado en un laberinto burocrático. Al mismo tiempo, a la par de su talento visionario, era también un formidable escritor realista: hasta que uno no va a Praga y no ve la ciudadela del Castillo incrustada en lo alto de la ciudad, no puede comprender cabalmente la novela.

Como enormes navíos colonizados por ostras, mejillones, percebes y óxido, los libros de Kafka navegan lastrados por cientos de lecturas alegóricas, místicas, judaicas, marxistas y psicoanalíticas, cosa que enfurecía, y con razón, a Nabokov. De todas sus obras, ninguna más hermética, misteriosa y perfecta que La metamorforsis, la meticulosa pesadilla de ese pobre Gregor Samsa que se levanta un día convertido en una especie de cucaracha (Nabokov insistía en que se trataba de un escarabajo) y que va languideciendo en una habitación, recluido y abandonado por todos. En las cartas que Franz le mandaba a su novia Felice, hacia finales de 1912, por el tiempo en que escribía el relato, le contaba que se trataba de una «historia nauseabunda» y que le daría «un miedo espeluznante». Acabó el libro en tres semanas y probablemente lo escribió como decía Cortázar que había escrito algunos cuentos suyos: «como el que se quita una alimaña de la cara».

Más allá de las hipótesis y las interpretaciones que suscita, La metamorfosis es ante todo una fábula sobre la institución familiar y quizá deba leerse en relación con la monumental Carta al padre, aquel concienzudo y certero reproche de más de un centenar de páginas que Franz le dedicó a su progenitor. En La metamorfosis hay un momento terrible en que el padre de Gregor le golpea con un bastón y otro, aun peor, en que le arroja una manzana y le perfora un costado. La manzana se queda empotrada en la herida y se va pudriendo poco a poco. La criada entra un día, encuentra a Gregor muerto y arroja el cuerpo a la basura. En la escena final, la familia sale al fin de paseo y los padres se dan cuenta de que su hija Grete, la hermana que iba a llevarle la comida, ha sufrido otra metamorfosis: le han crecido los pechos y ya es toda una mujer.