Opinion · Punto de Fisión

Pesadilla en Aguirre Street

A pesar de su alergia congénita a la cosa pública, Aguirre se resiste a abandonarla y dejarnos a los madrileños en manos de los bolcheviques. Su recalcitrante tenacidad recuerda la de Freddy Krueger, ese fantasma carnívoro y vengativo al que los niños de Elm Street mataban a cuchilladas, cortaban en pedazos, asaban en barbacoa y arrojaban en aceite hirviendo, sólo que para Freddy reapareciera vuelta y vuelta con unas cuchillas de ésas de las que no se sabe los efectos que pueden causar sobre las personas. La diferencia entre los dos es que uno es un personaje de ficción y el otro un ensueño onírico.

En su penúltima resurrección Aguirre le ofrecía a Carmona la alcaldía de Madrid y en la última, ya casi desde el más allá, le sugiere un intercambio metafísico en toda regla: que intercambien programas o, ya puestos, jetas. Es decir, que él fuera Aguirre mientras ella se vuelve Carmona. El nombre de este novedoso conjuro medieval es gobierno de concentración y se diferencia del pacto satánico en que, como su propio nombre indica, viene más concentrado. Aguirre dejaría incluso que entrara en el cocido Manuela Carmena, siempre y cuando se recorte las mechas y los soviets. Carmona, que rehusó sin dudar la tentación del reverso tenebroso, empieza a pensar si no se le habrá ido la mano con el desodorante, porque no lo invitaban a tantos bailes desde los tiempos de la facultad.

De un solo vistazo, la incombustible lideresa ha caído en la cuenta de que hay muchos puntos en común entre el programa del PSOE para la alcaldía y el suyo propio, operación visual que tampoco le ha llevado mucho tiempo porque el programa de Aguirre consiste en una receta de gallinejas. A cuatro días de las elecciones descendió la buena mujer con un folio con diez propuestas escuetas, al estilo de Moisés con las Tablas de la Ley. Al igual que George Carlin podía exprimir los Diez Mandamientos en dos sencillos preceptos, el decálogo de Aguirre también se reduce a un par de chistes principales: «no podemos» y «venga chotis».

Este sentido del esquematismo no obedece a la improvisación ni a la vaguería, tampoco a que supongan que sus votantes no sean capaces de contar hasta el once. De hecho, fue un error fatal fiarse de la resonancia bíblica de la cifra, ya que llegan a dejarlo en cinco puntos y seguro que Aguirre saca mayoría absoluta: qué no haremos los madrileños con tal de no leer. No, esta destilación del pensamiento político se debe a la cortesía con la patronal, que ya ha pedido a los partidos que, por favor, se olviden de cumplir sus programas a la hora de gobernar. «Olvídense de cumplir», dice Joan Rossell con su pinta de hipnotizador y tres años antes Mariano sufrió el mayor ataque de amnesia de la democracia. Para Aguirre, como para cualquiera, es mucho más fácil olvidar diez frases borroneadas a la buena de Dios que todo un señor programa con sus análisis, sus compromisos y sus presupuestos. Cuando se vaya, si es que se va de una vez, no sé si lograremos olvidarla, pero nos va a parecer un sueño.