Opinion · Punto de Fisión

Pitar el himno nacional

Hay muchas y variadas razones para pitar el himno nacional, y la primera y principal es que es feo de cojones. ¿No había nada mejor que el chunta chunta en una tradición musical que ha dado a Falla, a Albéniz y a Tomás Luis de Victoria? Por eso se lo censura igual que a una soprano cuando desafina o que a un torero cuando descarrila. La segunda razón es que ni siquiera es un himno, sino una marcha, real y granadera para más señas, cuando algunos (algunos millones) estamos de realeza hasta la coronilla. La tercera es que ni siquiera tiene letra, uno de esos bélicos y patrióticos ripios que hable de matar enemigos y cortar cabezas. La única letra oficiosa del himno conocida por un amplio espectro de la población es la que cantábamos entre dientes en el colegio: “Franco, Franco, que tiene el culo blanco, etc.” Hoy día, esos versos ya ni siquiera son una fantasía sino un documental sobre la osteoporosis.

A estas alturas de la película, cuando todo el mundo sabe que lo que nos une a los españoles es el Ibex 35, pitar el himno nacional es una de las pocas maneras de tomárselo en serio. Otra es ofenderse cuando lo pitan. El patriotismo demuestra ser muy poca cosa si se tambalea a la primera de cambio, sólo porque lo ponen en duda unos cuantos catalanes y unos vascos con txapela. Quienes poseen sentido del humor suficiente -catalanes y vascos me refiero- como para basar un folklore propio en ejercicios circenses o una danza nacional en una kata de artes marciales. Quienes además lo silban sin mucha convicción, sólo porque es lo que se espera de ellos, igual que los obreros de la calle cuando oyen que se acerca una señora. La señora pasa taconeando, ellos la silban y algunas veces ni siquiera levantan la cabeza para ver si se merece el silbido o no. Ese acto reflejo de abuchear el himno en la Copa del Rey ya es algo sumamente español, hasta el punto de que debería institucionalizarse: un minuto y pico de pitido por decreto ley y el himno no lo pita ni Dios.

Resulta curioso que mucha gente de la que se siente ofendida o molesta porque un montón de hooligans piten el himno en un campo de fútbol sea la misma cuya idea de nación consiste en abrir una sucursal de la misma en un banco suizo. El patriotismo no es sólo el último refugio de los canallas, como dijo el doctor Samuel Johnson, sino también el paraguas más socorrido de los tontos. Si no fuese porque se trata de un puro reflejo de la masa llevada por su propia inercia, el pitido del himno en la ceremonia previa a la Copa del Rey podría considerarse una variante patriótica de las caricaturas de Mahoma, que es la forma de suicidio más temeraria y original en lo que llevamos de siglo. Es la diferencia entre tocarles los cojones a cuarenta o cincuenta millones de españoles y tocárselos a mil millones de musulmanes, con la salvedad de que la crítica, la mofa, la ofensa o lo que sea no se dirige directamente a la muchedumbre sino a un credo, una institución, un símbolo, una creencia. Lo único que demuestran estos kamikazes mahometanos que se inmolan por un dibujito contra Alá, llevándose a seis o siete por delante, es una alarmante falta de sentido del humor y un cogollito de fe tan achacoso que se marchita ante un monigote.

El problema, dicen algunos, viene por mezclar política y deporte, pero aquí el cóctel viene ya mezclado de fábrica, que la competición se llama Copa del Rey no por el de copas o el de bastos. Por algo hay selecciones nacionales y por algo, cuando Nadal gana un trofeo, suena por los altavoces el himno español en vez de Paquito el Chocolatero. Lo cual, tal vez, podría ser la solución. Por lo demás, son ustedes muy libres de abuchear este artículo e incluso de tomárselo en serio.