Punto de Fisión

La muerte de Drácula

La primera vez que estuve alojado en el antiguo Ritz de Barcelona (creo que hoy ha cambiado de nombre) en espera de la ceremonia del premio Nadal, pasé un buen rato en mi habitación conversando con un veterano camarero al que debí caer simpático. Entre los camareros hay de todo, como en cualquier oficio, pero los más observadores y sagaces suelen haber visto cosas que poca gente más ha visto. Cuando le pregunté quién, de todos los clientes que habían pasado por el Ritz (ese interminable desfile de aristócratas, modelos, artistas, criminales y millonarios) lo había impresionado más, respondió sin dudarlo: "Christopher Lee. Me pidió una botella de agua mineral, yo llamé con los nudillos a la puerta, él me dijo que pasara y entré con la bandeja. Estaba de espaldas, a contraluz, observando la calle por la ventana, y cuando se dio la vuelta, me pegué tal susto que caí de culo al suelo y tiré el vaso y la botella. Caramba, es que medía casi dos metros y era el mismísimo Drácula. Resultó ser un hombre encantador que se echó a reír y me ayudó a levantarme. Luego estuvimos charlando un rato, pero el susto no me lo quitó nadie. Y eso que sólo quería agua".

La anécdota revela la principal baza de Lee como intérprete: una presencia física impresionante. No es que fuese mal actor, al contrario, y además poseía una hermosa y resonante voz de barítono, pero el metro noventa y seis de estatura, la delgadez extrema, las manos góticas, los ojos oscuros e intensos componían una estatua inolvidable. Cuando a finales de los años cincuenta, después de una serie de papeles secundarios, la productora Hammer le ofreció el papel de Drácula, Lee logró la segunda y definitiva encarnación cinematográfica del personaje de Stoker, una interpretación comparable a la del propio Bela Lugosi. Si el húngaro dotó al vampiro de un aire racial, perverso y misterioso, Lee le prestó una elegancia y una sensualidad no exentas de salvajismo. Nunca estuvo más claro que, si las víctimas femeninas caían en sus brazos, era porque les daba la gana; tampoco que el pavoroso incremento de los colmillos ocultaba la mejor metáfora de la erección que haya dado el cine.

Dirigido por Terence Young y con su buen amigo Peter Cushing en el papel de Van Helsing (quien, aún más flaco que él, era su contrapeso luminoso en la pantalla, su alter ego racional y puritano) protagonizó una serie de epopeyas vampíricas en la que siempre acababa estoqueado, apuñalado, decapitado o quemado hasta las cenizas; sin embargo, siempre se las apañaba para renacer en la siguiente aunque fuese sorbiendo una humilde gota de sangre desde un hueso. La maldad y la salsa de tomate lo acompañaron a lo largo de una extensa y discreta filmografía en la que se especializó en dar empaque y abolengo al monstruo de turno. Fue Henry de Baskerville en El perro de los Baskerville (dando otra vez la réplica a Cushing, que hacía de Sherlock Holmes); fue Kharis en La momia; fue Rasputín; fue Fu Manchú; fue Scaramanga, el francotirador catalán enemigo de James Bond que es sin duda el villano más elegante y atractivo de toda la franquicia de 007.

Billy Wilder le brindó un papel secundario en una de sus grandes cintas finales, La vida privada de Sherlock Holmes, donde interpreta a Mycroft, el antipático y despiadado hermano mayor del detective. Pero casi nunca salió de la serie B, ni siquiera en los últimos años, cuando su presencia imponente dio lustre a El señor de los Anillos y a la segunda trilogía de Star Wars, puro cine de palomitas con ínfulas de gran espectáculo. Aunque, según confesión propia, los achaques de la edad le impidieron hacer de Gandalf, que era su papel favorito de la saga de Tolkien, le encantó dar vida a Saruman: lo quisiera o no había nacido con cara de malo.

A Lee le encaja a la perfección aquella frase que Antonio Banderas dedicó una vez a Paul Naschy: "Paul, tú no eres un actor: eres una leyenda". Era, en efecto, tras la desaparición de Karloff, de Price, de Cushing y de Naschy, la última leyenda viva del fantaterror mundial, un resto de otra época, un caballero alto y enigmático que había nacido hijo de una condesa y un teniente coronel de la Guardia Real en un distrito de Londres que lleva el inverosímil nombre de Belgravia. Era el escalofrío perfecto de nuestra infancia, de la infancia de nuestros padres, de cualquier infancia. En su vida fuera de la pantalla la afición a morder cuellos y a dominar el mundo cedía terreno al amor y la amistad, al golf, a los puros habanos y al heavy metal sinfónico, género en el que, gracias a su poderoso y vibrante vozarrón de ópera, llegó a grabar un par de discos. Su esposa, Birgit Kroencke, con la que llevaba casado desde 1961, no ha querido dar la noticia hasta tres días después de su fallecimiento para avisar primero a sus familiares y amigos íntimos, quizá también para que a alguno de esos fans locos que tenía no le diese por intentar la enésima resurrección de Drácula.