Opinion · Punto de Fisión

Papá Dinero

Una frase de Woody Allen viene a explicar bastante bien el pollo que hay montado en torno a Grecia. Le preguntan a un director de cine qué le parece la democracia y el tipo responde: “La democracia está muy bien, pero el sistema americano tampoco está mal”. La maniobra de Tsipras al consultar a la ciudadanía sobre su destino ha revelado una vez más todas las falacias, mentiras y tramoyas en las que se basa la democracia parlamentaria.

Como si fuese necesaria otra revelación, después de las cosas que hemos visto en Palestina, en Argelia e incluso en el Congreso de los Estados Unidos, aquel día aciago en que nos levantamos con la noticia de que el sistema financiero se había ido a la mierda. Los congresistas estadounidenses votaron no al rescate bancario, pero la votación fue anulada y las grandes marionetas republicanas y demócratas (no faltaba ni una) subieron al podio para explicar por qué había que inyectar toneladas de dinero público a Lehman Brothers. Al parecer, los representantes del pueblo no habían entendido nada. Tras la terrorífica exposición, una profecía pletórica de catástrofes y amenazas, los congresistas recularon y votaron lo que había que votar, lo que les dijo Papá Dinero que votaran.

Papá Dinero es el amo del mundo, lo que pasa es que no le gusta enseñar la cara. Prefiere mantener la comedia de la libre elección, delegar su poder patriarcal en ministros, recaderos y correveidiles. Suponer que la ciudadanía griega tiene la capacidad de discernir sobre su propio futuro coloca a Papá Dinero en la enojosa circunstancia de sacarse la correa y demostrar quién manda. Ya no es cuestión de economía, claro está, sino de política, puesto que la salida de Grecia del euro haría más daño a los acreedores que los propios griegos. Pero Papá Dinero, que ya dio dos golpes de estado incruentos en Grecia y en Italia, pasándose la soberanía popular por la puerta del Bundesbank, no va a permitir que los niños se le desmanden. Hay que comerse la deuda hasta la última cucharada y, si no, a la cama sin cenar. A la puta calle.

Les ha tocado a los griegos, una vez más, hacer un gesto heroico y salvar la civilización occidental frente a los bárbaros. Su sacrificio más memorable tuvo lugar en Las Termópilas, aquel estrecho paso de montaña donde Leónidas y un reducido grupo de guerreros detuvieron durante unos días el avance del todopoderoso ejército persa. El Eurogrupo (una denominación que suena a franquicia de la Marvel, pero que en realidad oculta a una banda de criminales de altos vuelos) le ha planteado a Grecia una elección entre dos abismos. Las dos opciones son malas o más bien pésimas, pero una de ellas significa salvaguardar el honor nacional, la soberanía popular que, al fin y al cabo, es de lo que va el juego. Como a los neoliberales les encanta citar a Churchill, yo quiero recordar en este trago la soberbia respuesta que aquel gordo fumador de puros le dio a Chamberlain después de que éste regresara de firmar un pacto con los nazis: “Entre la guerra y el deshonor habéis elegido el deshonor, y tendréis la guerra”.