Opinión · Punto de Fisión

Filosofía para españoles

No hay muchos físicos españoles que hayan ganado el premio Nobel de la disciplina. Ahora mismo, así, a bote pronto, no recuerdo ni uno. A lo mejor es porque no los hay. Resulta un poco extraño, con lo que cuidamos aquí la Física, tanto que tenemos a un montón de presidentes y ex presidentes haciendo footing, marcha atlética y abdominales. Debe de ser por eso que en la última reforma educativa, la LOMCE, se han cargado la asignatura de Filosofía, por hacer sitio a la Física, la Química y otras cosas de mayor importancia. España es que está a rebosar de filósofos, nos salen por las orejas, desde los platós de Sálvame, donde no paran de publicar libros, hasta el mismísimo Mariano que el otro día parió la versión hispánica del cogito ergo sum cartesiano con su centelleante “un vaso es un vaso y un plato es un plato”.

En España hay tantos filósofos que los producimos a pares: Ortega y Gasset, Santiago y Bernabeú, Una y Muno, Amancio y Ortega. Aquí el saber no ocupa lugar pero la incultura copa televisiones, emisoras de radio, bares, estadios de fútbol, catedrales, agencias de publicidad, conferencias episcopales, plazas de toros, cuarteles y sedes de partidos políticos. Había que ver a los tertulianos de Cristo Rey mofándose del currículum de algunos dirigentes de Podemos. “Universitarios” los llamaban, pegándose codazos unos a otros, y no les faltaba más que el palillo en la boca. “Serás muy listo para los libros pero muy tonto para la vida” es el axioma principal en el país de Jesús Gil y de Belén Esteban, una tierra donde el analfabetismo campa por sus fueros y donde dos y dos son Tele5. Aquí, en cuanto el bruto de turno oye la palabra “cultura” no le hace falta sacar la pistola: basta con sacar el mando a distancia o el crucifijo.

Visto lo visto, los políticos han decidido que el amor a la sabiduría (etimología exacta del término) no hace ninguna falta cuando algunos de los compatriotas más exitosos (ellos mismos, sin ir más lejos) son auténticas lampreas. Resulta mucho más lucrativo el amor a la ignorancia, la estupidez y la burricie. Al fin y al cabo, ni Sócrates ni Hume ni Schopenhauer murieron millonarios. Tampoco ganaron elecciones por mayoría absoluta, ni dirigieron empresas, ni presidieron equipos de fútbol. Wittgenstein regaló una fortuna, o sea que tampoco debía de ser muy listo, mientras que Nietzsche acabó sus días encerrado en la alcoba, hablando con su almohada. Nuestros ilustres dirigentes piensan que pensar tampoco sirve de mucho, lo mismo que aquel sargento de la mili que, cuando le pedimos que nos prestara un aula para enseñar a leer y a escribir a unos reclutas recién aterrizados, respondió: “¿Y para qué querrían éstos aprender a leer, si yo sé y no leo?”

“La filosofía no vale para nada” dicen los nuevos pedagogos, como si cosas tan básicas como la democracia, los conceptos de libertad o igualdad y la declaración de los derechos humanos se hubieran caído de un almendro o las hubieran pensado un par de arzobispos entre el vino de misa y la hostia consagrada. Por eso mismo han devuelto la religión a su lugar de honor en las aulas, para que los chavales dejen de pensar y se dediquen a rezar el rosario, a no leer libros, a votar lo que toque y a obedecer a los de arriba. A ser posible, de rodillas.