Opinion · Punto de Fisión

Romántica yihad

Aunque la mayoría, si no la totalidad, de los terroristas implicados en la masacre de París eran naturales de Francia y Bélgica, el ejército francés ha ido a bombardear los bastiones del Estado Islámico en Siria. Era lógico, no iban a bombardear los Campos Elíseos y la Torre Eiffel. Para entender la fuerza de atracción del yihadismo, no hay más que ver los videos con que el Estado Islámico capta a sus seguidores en occidente. No son muy distintos de la propaganda de las fuerzas armadas convencionales, salvo que aquí los reclutas llevan unas barbas kilométricas en lugar de un higiénico rapado al cero. Por lo demás, vienen a prometer prácticamente lo mismo que cualquier brigada paracaidista: entrenamiento duro, aventuras exóticas, turismo de riesgo y, en lugar del amor a la patria -nuestra incuestionable entidad metafísica-, el amor a Alá.

En uno de esos anuncios, un joven guerrero islámico cabalga a lomos de un blindado que atraviesa el desierto a toda hostia y que parece dirigirse al crepúsculo mismo de la cultura occidental. Las greñas frondosas le ondean al viento en un reclamo de propaganda gay al que todavía no se han atrevido las marcas de champú convencionales. No sólo aseguran un billete premiado al paraíso sino también un crecepelo garantizado en el más acá y en el más allá. Podían aprender nuestros publicistas, que siempre nos ofrecen la misma rubia de bote.

La verdad, no se ven muchos ancianos entre las filas del Estado Islámico. Debe de haberlos, pero los tienen escondidos para no estropear el conjunto. Al igual que entre los kamikazes, se ve que hay que disfrutar de juventud y de buena salud para llevarse a un montón de infieles por delante. Mishima falseó un informe médico para librarse de la posibilidad de acabar encajonado en un avión sin tren de aterrizaje y con una tonelada de bombas encima. Por aquel entonces era un jovecito escuchimizado y atormentado por el remordimiento nacional y personal de haber engañado a la muerte. Se pasó el resto de su vida levantando pesas hasta lograr un cuerpazo a imagen y semejanza de aquel San Sebastián atravesado de flechas cuya visión le transtornó hasta el orgasmo. Primero se obsesionó por conseguir un físico igual que un coche de carreras, luego se obsesionó por enseñarlo y al final le pudo el afán por destruirlo. A pesar de un pensamiento de evidente raíz islámica, la ideología del Estado Islámico aparece teñida no sólo de un nihilismo radical muy típico de los anarquistas decimonónicos sino también de un lóbrego romanticismo made in Hollywood. Al «vive joven, muere joven y dejarás un hermoso cadáver», ellos prefieren el «reza mucho, explota cuanto antes y dejarás huella».

Ese ansia de autodestrucción resulta difícil de asimilar en una cultura como la nuestra, que ya no cree en la coca-cola, ni siquiera en la coca-cola light. Zahra Durman, una joven viuda australiana de orígenes turcos, pregunta en un chat de yihadistas cuándo podrá disponer de un par de cuchillos, una pistola y un montón de granadas. «De momento no hay permiso» dice Durman «pero quizá lo haya algún día. No puedo esperar». Bin Laden relegó a las mujeres a la cocina, la cama y la retaguardia de la guerra santa, aunque algunos de sus sucesores han cuestionado este machismo exacerbado a la hora de sacrificar la propia vida en aras de la fe. Abu Tasnim «el Magrebí», uno de los más sanguinarios guerreros yihadistas en Siria (conocido anteriormente como Kokito Castillejos), se casó por poderes con una ceutí a quien envió dinero, un pasaporte para llegar a Siria y un cinturón de explosivos. «Es lo que me pidió como dote» explicó. Más romántico no se puede ser.