Opinion · Punto de Fisión

Pero no convenceréis

Al nieto del general Dávila le ha molestado mucho que la alcaldesa Manuela Carmena vaya a quitar de en medio el nombre de la calle dedicada a su abuelo, con la de abuelos que quitó su abuelo de en medio. Le aconseja Dávila -general también, para seguir el destino de la familia- a la alcaldesa que lea, que estudie mucho, aunque por lo que se ve en su carta, él (como tantos otros militares de carrera y tantos historiadores de opereta) todavía no se ha enterado que la guerra civil empezó con un golpe de estado y siguió con una matanza detrás de otra. De otro modo sabría que resulta considerablemente más civilizado retirar una placa que retirar un gobierno legítimo y, con él, a los cientos miles de personas que lo defendieron y apoyaron.

A algunos nietos de Franco también les duele mucho que se recuerde a su abuelo como el carnicero genocida que fue, pero más les duele a las miles y miles de familias que se quedaron sin el suyo en una tapia, más les duele a quienes todavía no han podido enterrar a sus muertos porque el abuelito Franco, harto de matar moros, decidió saltar a la península a matar compatriotas. A esa paciente labor de exterminio -de españoles y de ideas-, continuada durante cuatro décadas, se la denominó la Cruzada, y para que no lo olvidemos el asesino de masas reposa tranquilamente bajo una cruz bien gorda en el Valle de los Caídos. Hace unos meses le preguntaron en una entrevista radiofónica al presidente Mariano qué opinaba sobre la cuestión de que no hubiera dinero para rescatar a los muertos sin nombre de las cunetas mientras se le entregaban ciento cincuenta mil euros de subvención a la Fundación Francisco Franco y su respuesta fue: «Lo desconozco». Lo desconocía tanto que todavía lo desconoce.

Dice Dávila que él no olvidará a su abuelo, pero no debe preocuparse: los españoles tampoco. Somos muchos, muchísimos, quienes no olvidamos, ni vamos a olvidar, ni nos da la gana, el nombre de todos y cada uno de aquellos militares golpistas, criminales y traidores. Otra cosa es que no queramos seguir viviendo bajo el repugnante epígrafe de esos nombres y apellidos, aunque de momento no nos quede otro remedio que aguantar la peste moral que emana del Valle de los Caídos y el recuerdo de esos monumentos que aún ensucian nuestras calles. Como si en Alemania hubiese alguna estatua a Adolf Hitler o una plaza dedicada a Mussolini: los dos principales genocidas que ayudaron al abuelito Franco a matar cientos de miles de abuelos. La única diferencia entre el franquismo y el nazismo alemán o el fascismo italiano es que el primero ganó una guerra.

A los legionarios también les ha molestado mucho que la alcaldesa piense retirar la calle a su fundador, el general Millán-Astray, porque, según ellos, no tuvo nada que ver ni con la guerra civil ni con el franquismo. Basta una sola anécdota para desmentirles: el tristemente famoso altercado de la Universidad de Salamanca, cuando el rector, Miguel de Unamuno, le dijo a la cara que era un mutilado, como Cervantes, pero que carecía de la grandeza de Cervantes y que sólo pensaba en poblar Españas de mutilados, a su imagen y semejanza. «¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!» gritó Millán-Astray, desarrollando el pensamiento que cayó sobre este país a fuerza de fusiles, de sotanas y de cabras. «Venceréis pero no convenceréis» replicó Unamuno. Y así estamos desde entonces.