Opinion · Punto de Fisión

Y Ada irrumpió de buen rollo

En una novela recién publicada, Y Dios irrumpió de buen rollo, Román Piña imagina la evolución del independentismo catalán en clave teológica. Una monja, sor Eulalia, pide una intervención divina para impedir que España se rompa. Hasta ahí la ficción se queda bastante atrás respecto a la realidad, puesto que por toda la geografía española van floreciendo rogativas, novenas y rosarios con la intención de frenar el proceso secesionista de Artur Mas. En las catacumbas de la derecha, por escrito, por oído y hasta por señas, prácticamente no se pide otra cosa.

Pero la cosa no se queda ahí. Tras salir del convento, sor Eulalia descubre los placeres de la vida pecaminosa y se le empieza a ir la mano en su labor de apostolado. Cuando se cubre la piel de tatuajes y se hace punk, el lector ya no sabe si está ante un trasunto de Teresa Forcades o ante una versión alternativa de Ada Colau. La monja le dice a Mas que aunque Mariano no, Dios sí que está dispuesto a negociar. El diálogo tiene lugar entonces entre Mas y Dios, un delirio que tampoco es muy distinto del monólogo esquizofrénico que Mas mantenía consigo mismo hasta hace poco. Pero como la voluntad divina siempre es un misterio y los caminos del Señor inescrutables, resulta que la independencia catalana tiene por objetivo que Cataluña invada y conquiste España y así terminemos otra vez todos juntos. El problema más grave de la escisión (el exilio del Barca del campeonato de liga) también tiene una solución drástica porque a Dios no le gusta el fútbol, al que considera, y ahí no le falta razón, el verdadero opio del pueblo.

Ya se lea en clave política, en clave religiosa o en clave psiquiátrica, el libro supone una interminable panzada de reír que habla del peligro de tomarse las ideas demasiado en serio, especialmente las propias. Por sus páginas desfilan, entre otros, Albert Rivera, Mariano Rajoy, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, Oriol Junqueras, Ada Colau, Manuela Carmena y hasta Federico Jiménez Losantos. A tono con el disparate surrealista y para subrayar el poderío divino, empiezan a sucederse los milagros: Francesc Cambó resucita; el Cristo de Subirachs baja de su cruz en la Sagrada Familia y se va a pedir limosna a la Rambla; la Virgen de Montserrat se pone a recitar poemas en castellano y a bailar break dance.

Lo que no podía sospechar ni Dios es que Ada Colau iba a descolgarse con la propuesta de un nuevo partido que pretende una confluencia de izquierdas en Cataluña pero que a lo mejor termina disgregándolas más. En cuanto a Román Piña, lo va a acabar juzgando la guardia civil igual que a aquel escritor argentino de Amanece que no es poco, que escribió una novela y le salió Luz de agosto de William Faulkner palabra por palabra. «¿Usted no sabe que en este pueblo sentimos auténtica devoción por Faulkner?» le preguntaba el añorado Saza en el papel de jefe de la guardia civil. «¿Y acá lo leen mucho a Nabokov?» preguntaba el argentino. «Lo digo porque estoy escribiendo otra novela y me está saliendo Ada o el ardor«.