Opinion · Punto de Fisión

La Biblia del TTIP

Me ocurrió muchas veces, durante la carrera y después de ella, que la gente me preguntaba primero qué era la filología y luego para qué servía, si es qué servía para algo. Era casi forzoso avergonzarse ante la aparente inutilidad de unos estudios frente al vistoso pragmatismo de médicos, ingenieros, abogados, arquitectos y químicos. Nadie entendía muy bien -y mucho menos los filólogos- qué sentido tiene analizar varios siglos después el Poema del Mio Cid, el Quijote o La vida es sueño. Había profesores incluso que se avergonzaban de la materia y uno en particular, de cuyo nombre no quiero acordarme, estaba destripando la Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, cuando de pronto sufrió un acceso de sinceridad en público: «Venga, atended, por favor, y así podemos quitarnos de encima este coñazo».

Tardé algún tiempo en comprender que la filología no es únicamente el estudio taxonómico de unos cuantos textos más o menos canónicos y unos cuantos libros más o menos muertos, sino también la ciencia que certifica nuestro vasallaje secular a la palabra escrita. Los grandes textos no son sólo testimonios y espejos de una época sino también instrumentos de poder, manuales de instrucciones y guías de conducta. Nada resulta más peligroso y definitivo que ciertos libros seminales. Ni las armas ni los ejércitos ni las herramientas han torcido el destino de la raza humana ni cambiado la faz de la tierra con la profundidad, la extensión y el dramatismo con que lo hicieron la Biblia, los Evangelios, el Corán, El Príncipe, la Declaración de los Derechos del Hombre, El Capital, La riqueza de las naciones o Mi lucha.

Por ejemplo, en el más incontestable de los ejemplos anteriormente expuestos, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789 (columna vertebral de la Revolución Francesa, de nuestro actual sistema político y de casi todas las constituciones modernas y contemporáneas), hay, entre otros muchos fallos, una laguna fundamental que borra de un plumazo a la mitad de la especie, las mujeres, una omisión garrafal que va a costar siglos reparar y en cuya penosa reparación aún seguimos empeñados. Algunos de esos textos los escribieron hombres (siempre hombres) solos en la soledad de una biblioteca, una cabaña o una cárcel; otros fueron recopilados a lo largo del tiempo o redactados en conjunto por un grupo de iluminados.

A esta segunda categoría pertenece el TTIP, el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, una Biblia económica con la que las grandes multinacionales pretenden implantar en Europa una atroz religión en que las empresas serán todopoderosas y los trabajadores simples esclavos. Como todo el mundo sabe, aunque de momento no hacemos mucho por evitarlo, las negociaciones se están llevando a cabo de espaldas a la ciudadanía, en un riguroso secreto que recuerda la devoción debida a los cultos primitivos y los textos sagrados. De nosotros, los ciudadanos europeos, depende la tarea de frenar esta locura, la cual nos instalará de golpe en una edad tenebrosa regida en exclusiva por los designios del dios dinero. El propio Adam Smith advirtió de «la mezquina rapacidad» y «el espíritu monopolizador de comerciantes e industriales, quienes no son, ni deben ser, los que gobiernen a la humanidad (…) porque su interés es directamente el opuesto al del gran cuerpo del pueblo». Palabra de filólogo.