Opinion · Punto de Fisión

El Diazgate

Mucha gente se pregunta cómo es que aparece una noticia tan grave como las grabaciones al ministro del Interior Fernández Díaz a cuatro días de las elecciones. Sin embargo, la verdadera pregunta (y la verdadera noticia) es qué pinta Fernández Díaz en el cargo de ministro del Interior desde hace cuatro años. Es una exclusiva que llega, en efecto, fuera de tiempo: no dos sino cuatro años tarde. En cualquier país normal, el ministro habría dimitido en el acto, pero España no es un país normal. Las posibilidades, no obstante, de que Fernández Díaz hubiera llegado a ministro del Interior en cualquier otro país oscilan entre cero y ninguna: ni hartos de vino se les habría ocurrido concederle semejante responsabilidad a un señor que habla con la Virgen y que tiene a su ángel de la guarda, de nombre Marcelo, para que le ayude a aparcar el coche.

Que alguien tan sumamente medieval alcanzara ese puesto decisivo en el organigrama del gobierno sólo se explica mediante la hipótesis de que España, a día de hoy, vive a caballo entre la inopia y la Contrarreforma. La otra hipótesis es suponer que este ministro tan barroco se haya caído de un cuadro de Murillo. El escándalo de ayer, en cambio, indica que es muy posible que estemos todos viviendo en un episodio de Mortadelo y Filemón, agencia de información. Tampoco es la primera vez que nos despertamos en una viñeta de Génova 13, rue del Percebe, aunque ahora hemos pasado del correo postal de los sobres de Bárcenas al universo nixoniano de las escuchas. La cochambre del diálogo entre los dos personajes principales, con sus referencias a chóferes y familiares, y su partitura demencial («esto la Fiscalía te lo afina, hacemos una gestión») es antológica: no da más asco porque no cabe más grima.

Lo paranormal desborda esta historia por los cuatro costados hasta el punto de que ha puesto de acuerdo por primera vez en la historia a todos los líderes de la oposición. Nadie se explica, en efecto, cómo han podido grabar al ministro del Interior en una conversación ilícita, cuando el ministro, técnicamente, tendría que estar del otro lado de la oreja. A saber cuántas conjuras yihadistas y tramas de atentados habrá desmantelado Fernández Díaz sólo cotilleando con Daniel de Alfonso sobre las cuñadas de Felipe Puig.

Habrá que recordar que en el caso más famoso de grabaciones ilegales, el Watergate, se descubrió que el culpable era el propio Nixon, un paranoico de diván que llevó sus sospechas universales hasta el punto de espiarse a sí mismo. En el Diazgate, por el contrario, hay demasiados implicados y en las comisarías se ha ordenado una redada de querubines, serafines y arcángeles. La conspiración no es tanto tecnológica como teológica, de modo que habrá que empezar a preguntarse cuál de esos seres sobrenaturales que acompañan habitualmente al ministro (la Virgen de Fátima, los ángeles custodios, santa Teresa de Jesús, Paco Marhuenda) lo ha traicionado. La responsabilidad apunta principalmente a Marcelo quien, sobrepasado en su trabajo de aparcacoches, descuidó su función principal de guardaespaldas. Tal vez pretendía guiarlo por el sendero del sufrimiento y ascender al ministro a la categoría superior de mártir. De momento Marcelo no ha hecho declaraciones.

El que sí las ha hecho, y de qué modo, ha sido Mariano en funciones, quien ya ha asegurado que desconocía la existencia de la Oficina Antifraude. Le ha faltado tiempo para añadir también en el lote de su ignorancia a Cataluña, al ministro y al Ministerio del Interior. A la incompetencia, a la estupidez y a la delincuencia manifiestas en este embrollo, se suma también la desfachatez habitual de nuestro presidente, que ve un diálogo criminal en las cloacas del estado de lo más normal. No le falta razón, teniendo en cuenta el acojonante historial de antecedentes que acumula el PP. Se ignora la repercusión que este novedoso montón de marranadas podría tener en las elecciones generales del domingo. Probablemente entre cero y ninguna, que por algo vivimos en un país paranormal.