Opinión · Punto de Fisión

Los olímpicos juegos del hambre

En Rio existe una disciplina mucho más difícil que la natación sincronizada, los cien metros lisos o el lanzamiento de martillo: sobrevivir. Sobrevivir es un deporte que nunca será olímpico, porque ningún comité quiere medir el peso de las lágrimas ni calificar las maniobras gimnásticas con que algunos niños brasileños se ganan el pan a diario. Ejercer la mendicidad a salto de mata, servir de juguete sexual para turistas sin escrúpulos, acabar de ganado humano en las mafias de tráfico de órganos: eso sí que son cabriolas y no el triple salto mortal hacia atrás.

Sin embargo, a ningún espectador le interesó jamás el espectáculo de la miseria, salvo cuando se presenta bajo la excusa del folklore. Un chabolo con un crío sucio de mocos y rebosando mierda a treinta kilómetros de la Puerta del Sol da mucho asco, pero el mismo chabolo y el mismo crío en medio de la selva amazónica proporcionan un toque pintoresco digno del National Geographic. Es normal, muchos vamos a ver una exposición de fotos de Sebastiao Salgado y las confundimos con arte; muchos compramos ropa o zapatos baratos sin saber que están hechos con sangre humana. La fascinación por la pobreza es inversamente proporcional a la distancia: justamente ahí, más que en el racismo o el miedo al terrorismo, radica el temor hacia los refugiados. Si para que yo siga viviendo razonablemente bien tiene que haber un infierno llamado Tercer Mundo, sea, pero que me pille lo más lejos de casa.

En este sentido, los Juegos Olímpicos de Rio han batido el récord de la obscenidad absoluta. Ha habido muchos ganadores y muchas medallas estas últimas semanas, pero únicamente un solo perdedor: el pueblo brasileño. Días antes de la ceremonia de inauguración, el fotógrafo serbio Andrej Isakovic subió a lo alto de la favela de Mangueira buscando una panorámica de la ciudad y del estadio olímpico. Lo que encontró fue una representación casi perfecta del infierno de Santo Tomás, ese cuyo peor tormento, según el santo, sería el atisbar desde una rendija las delicias del paraíso. Llámenme demagogo si quieren, pero creo que no hace falta ser un experto en economía para comprender que con una décima parte del dineral que se ha gastado Brasil en infraestructuras olímpicas podía haberse mejorado bastante la calidad de vida de esos millones de parias que viven hacinados en las favelas. Lo que pasa es que las favelas, a pesar de su romanticismo salvaje y su colorido local, no pueden competir en atracción turística con dos semanas y pico de chavalines haciendo el cabra.

Cuando Rio ganó la candidatura de los Juegos Olímpicos, el entonces presidente Lula Da Silva dijo que sería una gran oportunidad para que los pobres de su país pudieran asistir al espectáculo. No parece que hayan ido muchos pobres y, lo que es peor, tampoco se los ha visto mucho. Antes de comenzar los Juegos Olímpicos hubo una alerta sobre una operación policial que se bautizó con el eufemismo de “Operación Verano” o, mejor todavía, “retirada de pobres”. La historia recordaba aquella extraordinaria película, Tropa de élite, en que un cuerpo del BOPE -el brutal batallón de operaciones especiales de la policía brasileña- tenía que limpiar de delincuentes la favela de Morro de Turano sólo porque al Papa se le había ocurrido la genial idea de alojarse al lado de los pobres. Finalmente la estrategia se completó con una gigantesca cordillera de carteles que tapaba la molesta visión de la pobreza a cualquier automóvil camino del aeropuerto. Terry Gilliam ya había profetizado esa misma visión en otra película terrible que, para colmo de vaticinios, se llama Brazil.