Opinion · Punto de Fisión

Preverdad, verdad y posverdad

Tengo la sensación de que el término «posverdad» no es tan nuevo como parece. Creo que ya lo habíamos oído antes. Según el Diccionario Oxford es la palabra del año y viene a definir ciertas situaciones políticas en las que los hechos cuentan menos que las emociones o los sentimientos. Al final, el vistoso neologismo es un palabro que intenta explicar el desaguisado de esos procesos electorales donde el plan no sale como estaba previsto, por ejemplo, cuando el Brexit le estalló a Cameron en las manos o Clinton se encontró con que la democracia le hacía la peineta.

El problema planteado por la posverdad en esos y otros casos enumerados por los especialistas es que, al parecer, había una «preverdad», una verdad previa, incuestionable, donde los votantes británicos tenían que permanecer fieles al ideal europeo y los estadounidenses abominar de Donald Trump. Por desgracia, la preverdad es sólo una opinión, una querencia, una expectativa planteada por cientos de editoriales, columnistas y comentaristas políticos, del mismo modo que los casinos y las estadísticas hacen sus apuestas por un caballo favorito o un equipo del fútbol. Queremos que ocurra algo pero no ocurre. Deseamos que triunfe un gran libro, una buena película, una excelente teleserie, pero el público hace lo que le da la gana y elige un truño. Sus razones tendrá, pensamos, pero no tenemos ni idea de cuáles son y a ese proceso misterioso en que suponemos que se guía por motivos esotéricos e irracionales lo llamamos «posverdad». Como si en el acto de elegir quedarse en Europa o al votar a Clinton, el mismo votante de marras lo hiciera guiándose por sesudos análisis y utilizando el otro hemisferio del cerebro.

Con la posverdad (y con la preverdad) ocurre lo mismo que con ciertos prefijos añadidos a ojo de buen cubero en el cuerpo vivo de una palabra: son pegotes, cursilerías, prótesis innecesarias que no añaden sustancia alguna al idioma. Por ejemplo, «precalentar», una gilipollez de palabro inventada por algún lerdo a quien le parecía que calentar un horno antes de introducir la pizza no era suficiente. Había que «precalentarlo», que es lo mismo que calentarlo. Sí, pero se trata de calentarlo «antes», podría objetar el lerdo. Claro, no lo va a calentar uno tras comerse la pizza. Otro tanto ocurre con esa tontería del «preaviso», como si se pudiera avisar de algo después. Es la misma clase de mentalidad capaz de dividir el pene en prepucio, pucio y pospucio.

La posverdad no es más que una verdad indigesta y ninguna otra cosa. Sin salirnos del ámbito de las promesas electorales, en el siglo pasado hubo unas cuantas posverdades de lo más divertidas. La sorprendente derrota de Churchill a manos de Clement Atlee, por ejemplo, cuando la estrella del premier británico gozaba de una popularidad inmensa tras el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial. Cientos de especialistas y politológos salieron a dar su versión del repentino cambio de humor del electorado británico, y la respuesta más común para explicar por qué lo reemplazaron es que tal vez pensaban que el terco bulldog que los había conducido a la victoria no era el hombre adecuado para liderarlos durante la posguerra. Los más sinceros, sin embargo, reconocieron que no tenían ni la más pajolera idea del porqué, aunque a ninguno se le ocurrió pegarle una patada al diccionario e inventar algo tan chorra como post-truth.