Opinion · Punto de Fisión

Ese PP del que usted me habla

Continuando su implacable lucha contra la corrupción, el PP apareció ayer en el juicio sobre la trama Gürtel. Para ser exactos, apareció quince minutos y luego desapareció. Era la primera vez que un partido político se sentaba en bloque en un banquillo y había curiosidad por ver si enviaban a un conserje, a la señora de la limpieza o al encargardo de las fotocopias. Pero, dada la solemnidad del asunto, el PP llegó quintaesenciado en un abogado, Jesús Santos, que por algo antes era fiscal. Santos se negó por principio a responder cualquier pregunta de la fiscalía: «Esta parte no tiene nada que aportar porque desconoce cualquier circunstancia sobre los hechos que son objeto de acusación por parte del Ministerio Fiscal y el resto de acusaciones». Es difícil ser más explícito aunque la subordinaba explicativa sobraba: «Esta parte no tiene nada que aportar».

Para el caso, el PP podía haber enviado de representante a un mago, dejar que el fiscal lo atara con cadenas, que lo encerrara luego en una caja y permitir que declarase tapado con una manta negra antes de esfumarse tras dos pases mágicos y un espectacular redoble de tambor. Lo cierto es que fue un acierto enviar a un abogado en lugar de a una abogada, porque así quedaban desmentidas de un plumazo todas esas falsas acusaciones machistas sobre la mala memoria de algunas mujeres apenas se suben a un estrado. En el PP no sólo no se casan con nadie sino que ni siquiera se acuerdan de con quién se han casado, aunque estén asistiendo en masa a una boda gay. La fiscal advirtió que la negativa a contestar equivalía a una confesión pero el PP hizo oídos sordos, que es la segunda cosa que mejor saben hacer.

Para mantener la paridad y la sordera, al poco rato apareció Ana Mato, que desconocía incluso más circunstancias que Jesús Santos y además las desconocía de primera mano. Sócrates, al menos, sabía que no sabía nada pero en el PP ni eso. Hay que entender ese desconocimiento desde la circunstancia particular de Ana Mato, una señora que no sólo llama a su ex marido por el curioso apelativo de «el señor Sepúlveda» sino que una vez confesó que su momento favorito del día era por la mañana, «cuando veo cómo visten a mis niños».

Esta última frase resume una ideología, si no las resume todas. «Yo soy yo y mi circunstancia» apostilló Ortega y Gasset, pero sólo porque no conocía a Ana Mato. La llega a conocer, se come la frase y va a buscar a Sócrates para meterle dos hostias. Desde esta perspectiva feudal de la ex ministra -tropezándose con su señor marido en los pasillos y preocupada por que la criada no se equivocase con el abotonado- se entiende a la perfección que con tanto trajín tampoco se enterase de que el señor Sepúlveda andaba pidiendo presupuesto para tapizar el chalé con una tonelada de serpentinas a cada cumpleaños de los críos. También se entiende, más claro que la luz, su gestión al frente de Sanidad. No veía un Jaguar nuevecito aparcado en su garaje, iba a ver ella el ébola.