Opinion · Punto de Fisión

El submarino de Gila

No importa que en España llevemos un montón de años sin Miguel Gila porque en España el ministerio de Defensa sigue contestando al teléfono. Tras el paso de Pedro Morenés y de María Dolores de Cospedal por el cargo, aquel monólogo delirante de Gila sobre cañones que venían sin agujero y un tanque que consistía en un enano subido a un 600 que insultaba en vez de disparar («no mata, pero desmoraliza») ha sido ampliamente rebasado por la realidad, no digamos ya por los presupuestos.

Morenés, un hombre que se vendía armas a sí mismo comprándolas con nuestro propio dinero (se calcula que el centenar largo de contratos que consiguieron sus empresas durante su etapa como ministro nos acabaron costando más de 115 millones de euros), podría incorporar sin demasiados problemas al señor Emilio, el encargado de la fábrica de armas, a quien Gila llamaba para hacer las reclamaciones. «¿Está el señor Emilio, el ingeniero? Que se ponga». El proyecto del submarino español, el S-80, ya fue el hazmerreír en los círculos internacionales de construcción naval hace cinco años, cuando se descubrió que aquel diseño, desarrollado por Técnicas Reunidas y Abengoa, y presentado a bombo y platillo por Morenés y Navantia como «el más avanzado del mundo» tenía un pequeño inconveniente: era muy grande sí, pero no flotaba.

Gila lo había profetizado décadas atrás con precisión milimétrica: «Otra cosa. El submarino que mandaron el martes: de color, divino, pero no flota. Nada, lo echamos al fondo del mar después de comer y todavía no ha subido. No me diga que era un barco, con el trabajo que nos costó hundirlo. Pero con una cosa de ese precio se manda por lo menos un folleto». Más de un lustro depués, el precio de esta divertidísima chapuza casi alcanza ya los 4.000 millones, el doble del presupuesto inicial, pero lo mejor es, efectivamente, el folleto. Cospedal, célebre por pulirse más de 4 millones de euros públicos en adecentar iglesias del ejército y alimentar curas castrenses, logró rizar el rizo del disparate con una sorprendente vuelta de tuerca. Con la falta que nos hacen los curas, ahora también los submarinos.

El moderno sumergible, rebautizado ahora S-80 Plus después de varios años de concienzudos análisis y mejoras (uno se imagina a los técnicos e ingenieros poniendo perdidos los planos entre litronas y bocatas de anchoas) ha solventado sus problemas de estructura mediante un aumento significativo -más de diez metros- en la eslora, la incorporación de 16 cuadernas y el aumento de desplazamiento hasta las 3.000 toneladas. Eso sí, se olvidaron sacar el metro. Con lo que ahora el submarino sí flota, pero no cabe en el muelle de la base naval de Cartagena, de manera que habrá que dragar y ampliar las instalaciones, lo cual nos va a salir por otra broma de 16 millones de euros.

No estoy muy seguro de si hay que decir «el submarino no cabe» o «el submarino no entra», supongo que depende del punto de vista del submarino o del muelle. Lo cierto es que el inequívoco perfil fálico del S-80 Plus ha desembocado en el gatillazo, como en aquella película italiana, El bello Antonio, en el que un hermoso joven regresaba a Catania para casarse con una muchacha de infarto sólo para dar mucha lástima. La impotencia parecía doblemente inverosímil ya que el marido era nada más que Marcello Mastroianni y la esposa nada menos que Claudia Cardinale. En sus memorias, Mastroianni contaba que el personaje terminó por rebautizar a un acorazado magnífico al que llevaron al desguace sin haber pegado un solo cañonazo ni haber entrado jamás en combate. Los italianos lo llamaron «Il bell’ Antonio«, aunque los españoles podíamos llamar a nuestro submarino «Nacho Vidal», «Paquete de torero» o «Atraca como puedas».