Opinion · Punto de Fisión

El aborto posmoderno

Uno de los grandes logros de la posmodernidad es haber sabido conciliar los anacronismos de manera que el carruaje y el avión a reacción, el servicio postal y el guasap, el verso libre y el endecasílabo, convivan bajo el mismo techo. Es como si un conde medieval viviera con un teléfono instalado en su castillo. Por eso hay poetas que siguen escribiendo sonetos, que es un invento medieval, y universidades donde se estudia el Diseño Inteligente como una alternativa a la Teoría de la Evolución de Darwin. Mi amigo, el poeta Alvaro Muñoz Robledano, decía que uno de los grandes momentos de la posmodernidad fue cuando su padre se levantó un día de la mesa, después de almorzar, y encendió la televisión para enterarse de las noticias de la Guerra del Golfo. La posmodernidad rezuma gota a gota de la frase con que Venancio, que en paz descanse, anunció: “Me voy a ver la guerra un rato”.

En Argentina, el Senado ha decidido impulsar la posmodernidad con un retorno a una ley de 1921, lo cual no deja de ser un adelanto en un país que, como tantos otros lastrados por la herencia hispánica, despide un tufo decimonónico. Aunque no lo parezca, España es la nación posmoderna por antonomasia: sólo desde la posmodernidad se explica que aquí disfrutemos de una ley de matrimonio homosexual al tiempo que sufrimos instituciones antediluvianas como el Opus Dei o la Fundación Francisco Franco. Si hay algo más viejo, rancio y obsoleto que esa ley de 1921 son los 38 senadores argentinos que han votado en contra del Proyecto de Ley que proponía la despenalización del aborto. Oír los argumentos de algunos de ellos (y de ellas) era como escuchar un auto de fe con acento porteño.

A nadie se le escapa que detrás de este hipócrita rechazo senatorial se encuentra la larga mano de la iglesia católica, una institución anacrónica donde las haya que sigue inmiscuyéndose en la política, en la vida pública de los ciudadanos y, muy en particular, en los cuerpos de las mujeres. A pesar de las décadas transcurridas, no conozco un alegato más sutil e inteligente a favor de la despenalización del aborto que el que escribió Ira Levin en su novela de terror de 1967, Rosemary’s Baby, un libro magnífico que fue adaptado magistralmente al cine un año después por Roman Polanski. Como puntualizó Chuck Palahniuk en un breve y fulgurante ensayo, lo que lanzó Ira Levin envuelto en una alucinante fábula demoníaca era la tragedia de una mujer manipulada por su marido, por su médico y por una secta religiosa. Rosemary tenía que dar a luz a su hijo lo quisiera o no porque así lo habían decretado los grandes poderes.

Según el ministerio de Salud argentino, en el año 2016 murieron 43 mujeres en clínicas clandestinas, mientras que más de 50.000 tuvieron que ser hospitalizadas a causa de complicaciones derivadas por abortos quirúrgicos ilegales. Los senadores han decidido barrer esas cifras debajo de una alfombra polvorienta colocada en 1921. Pocas cosas habrá más posmodernas que una alfombra.