Punto de Fisión

Humor amarillo

Arquímedes aseguraba que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje hacia arriba directamente proporcional al peso del líquido desalojado, aunque no contaba con que, sumergido en un fluido español, el cuerpo sumergido pudiera salir volando hasta la estratosfera, dar media vuelta camino de la luna y aterrizarle en plena jeta. En España el llamado efecto Streisand ha conocido tardes de gloria con una portada monárquica de El Jueves dedicada a los deportes veraniegos, una foto de las hijas de Zapatero en la Casa Blanca, la censura del documental Ciutat Morta en TV3, el harakiri radiofónico de Javier Cárdenas y una orden judicial para retirar Fariña de las librerías que culminó con la venta de varias ediciones.

No menos chusca ha sido la reacción de los furibundos unionistas que, en Cataluña y en diversos puntos del litoral valenciano, han emprendido una campaña de limpieza contra los lazos amarillos la cual ha supuesto una publicidad impagable para la causa sesecionista. Docenas y docenas de portadas no dejan de exponer, un día sí y otro también, la aberración jurídica de que varios dirigentes políticos catalanes lleven casi un año en la cárcel mientras Rodrigo Rato, con una sentencia por apropiación indebida varios meses anterior al referéndum independentista, sigue paseando su culo libre enfundado, por cierto, en un bañador amarillo.

Un día un automovilista se lanza a atropellar cruces amarillas como un loco y sin querer convierte la plaza de Vic en un happening de Van Gogh. Otro día Arcadi Espada descubre su vocación artística y se pone a pintar de rojo un lazo amarillo. Otro día un hombre agrede a una mujer delante de sus hijos por retirar lazos amarillos y diversos dirigentes de Ciudadanos ilustran el incidente con fotos de operaciones de rinoplastia, de luchadoras de wrestling con la nariz rota después del combate y de Uma Thurman en Kill Bill. Ayer mismo Gerona se alzó con la primera plana de la cartelera nacional gracias a la noticia de cientos de brigadistas que se dedicaron a limpiar las calles de lazos amarillos enfundados en monos blancos para el ébola, por si se contagiaban del germen nacionalista y empezaban a cantar Els Segadors. Ninguno de ellos comprendió que el daño ya está hecho y que es mucho mejor permitir que la inercia haga su labor, dejando a los lazos amarillos caer por su propio peso. Trabajan mediante un razonamiento parecido al de un amigo mío, gordo de solemnidad, que presume de proporcionar siempre dos orgasmos a sus novias: uno cuando se pone, otro cuando se quita.

La mejor demostración de que el nacionalismo no se extirpa a tirones la dio el pasado 1 de octubre Mariano Rajoy, cuando envió miles de efectivos policiales a pegar porrazos a los catalanes que se divertían organizando un simulacro de referéndum, con lo que consiguió que una votación de chichinabo que apenas hubiera dado para un par de chistes copara las portadas de los periódicos de medio mundo. Da lo mismo, porque los unionistas y los tabarnios (qué bien les va el nombre) andan tan exaltados que esta misma semana uno se puso a arrancar las protecciones de un andamio sólo porque eran de color amarillo. Albert Rivera e Inés Arrimadas se pusieron ayer a desatar lazos amarillos ante las cámaras y no habían terminado de desatarlos cuando unas señoras muy simpáticas ya los habían atado otra vez. Estuvieron a punto de repetir la escena con la toma acelerada y la música de Benny Hill. Habrán logrado el éxito completo cuando le quiten la pelliza a Trump de la cabeza. Sin embargo, el lazo amarillo más gordo y resistente de este país se llama Franco, que llevamos cuarenta años intentando arrancarlo y cuanto más lo intentamos, más nos acordamos de él.