Punto de Fisión

La tesis policíaca de Pedro Sánchez

Más allá de novelones románticos y bestsellers prefabricados, la tesis de Pedro Sánchez corre el peligro de convertirse en el libro más leído de la temporada. Lo cual no deja de ser anómalo, teniendo en cuenta tanto el autor como el tema del libro. Año tras año, el mercado literario nos sorprende con algún superventas completamente inesperado, desde una señora que se pirra por el sadomasoquismo a otra señora que mira por la ventana y ve algo que no debería haber visto. Mucha, mucha gente -desde escritores de verdad a editores sin escrúpulos, pasando por correctores de pruebas, zahoríes ortográficos y farándulos televisivos- intenta acertar con el gran éxito del momento mediante el diagnóstico de esa inmensa entelequia: el gusto del público. Lo más habitual es que se la peguen con un subproducto de papelería detrás de otro, pero a veces suena la flauta y, por lo general, nadie sabe cómo ha sido.

En mis tiempos de librero, por ejemplo, todavía se vendían como rosquillas los libros de El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel, que va de una niña cromañón adoptada por una tribu de neandertales. Que una narración antropológica sobre la prehistoria arrasara en las librerías dice mucho sobre la curiosidad y el buen gusto de ciertos lectores: allí aprendíamos lo dura que fue la vida de nuestros ancestros, lo que costaba cazar un mamut y el arte de la pintura rupestre. Sin embargo, más o menos por la misma época, triunfaban las novelas de espionaje de Tom Clancy, repletas de misiles termonucleares y de submarinos atómicos, y donde descubríamos una verdad irrefutable que compruebo cada vez que le echo un vistazo al DNI de un amigo: ahí todos ponemos cara de funeral. Un agente de la CIA que iba a hacerse un pasaporte español recibía una reprimenda tremenda del fotógrafo: "No sonría, hombre. Los españoles jamás sonríen en las fotos de los documentos oficiales".

Salvo, quizá, Pedro Sánchez, un hombre que sonríe incluso al vender bombas diseñadas para no matar niños. La sonrisa tampoco faltó en la rueda de prensa en la que explicaba que el plagio de varios párrafos en su tesis, sin citas ni entrecomillado, se debía a un error, "un fallo en una reseña que va a ser subsanado en una nueva edición del libro". Sánchez sonreía tanto que por momentos se le iba poniendo cara de Ana Rosa Quintana, una verdadera especialista en el tema, autora de un bestseller escrito por un negro que, entre capítulo y capítulo, había calzado frases enteras de Danielle Steel. Quintana podía haber copiado a Isak Dinesen o a Carson McCullers y Sánchez a Adam Smith o a Karl Marx, pero hasta el plagio tiene sus límites y tampoco era cosa de pasarse. Normal que Ana Rosa Quintana acabara dirigiendo uno de los muchos programas televisivos de investigación dedicados a la tesis de Sánchez.

Borges dijo que el éxito es un malentendido, quizá el peor. Lo peor del éxito de la tesis de Sánchez es que se trata de un libro, como la inmensa mayoría de la tesis, escrito para sacarse un título y quedarse acumulando polvo en una biblioteca. Nadie podía imaginar que Innovaciones de la diplomacia económica española: análisis del sector público 2000-2012 fuese a ser un bombazo. Aparte de los calcos, dicen que es floja, como si no fuesen flojos La sombra del viento y El código Da Vinci. Lo mejor es que, sin proponérselo, Sánchez ha conseguido aquel ideal de la novela policíaca en que el lector es el detective al mismo tiempo que el criminal es Pedro Sánchez. De fallo en fallo y de recambio en recambio, le está quedando una legislatura como una fe de erratas.