Opinion · Punto de Fisión

España en los balcones

Puede ser azar meteorológico o justicia divina, pero ayer por la tarde, en el momento en que el PP hacía un llamamiento a la ciudadanía para que se animaran a colgar la bandera española en el balcón, se puso a llover en la capital como no se recordaba hacía meses. A estas tormentas con rayos, truenos y chuzos de punta antes se las denominaba “mal tiempo”, pero el cambio climático y la ola de pedantería generalizada aconsejan el término “ciclogénesis”. En cualquier caso, bienvenida sea esta iniciativa popular y populista porque la lluvia, al menos en Madrid, estaba haciendo mucha falta.

Ante la ofensiva de esteladas y lazos amarillos, nada mejor que una contraofensiva rojigualda. Hace justamente un año y dos días, el premio Nobel Mario Vargas Llosa pronunciaba en Barcelona un durísimo ataque contra el nacionalismo ante una multitud erizada de banderas nacionales. Probablemente se confundió porque, entre las miles y miles de enseñas desplegadas, no había ni una sola peruana. Semanas atrás, Inés Arrimadas también ondeó otra enorme en el parlamento catalán, quizá porque no le bastaba la que tenía detrás. Le faltó únicamente un toro para bordar unas chicuelinas.

Otro premio Nobel, Albert Camus, dijo que amaba demasiado a su país para ser nacionalista. Pero claro, él era francés y poco podía saber que el amor de un español por su país se mide por el tamaño del trapo en que se envuelve. Mientras llenaba Madrid de túneles, vallas y socavones, el PP colocó un pedazo de bandera en Colón (24 metros cuadrados) que los días de viento amenaza con llevarse la plaza hasta Segovia. A banderas y a españolazos no les gana nadie, por mucho que vengan los de Ciudadanos a ejercer de toreros y por mucho que vaya un comando de Vox a plantar otra en Gibraltar.

Sucede, sin embargo, que a veces se equivocan de insignia, como le ocurrió ayer a la diputada del PP, Beatriz Escudero: cuando Rufián, haciendo honor a su apellido, le dijo a Cascos que sólo le faltaba la bandera del pollo, ella replicó que estaba insultando al símbolo que une a todos los españoles. El subconsciente juega estas malas pasadas, sobre todo si el subcosciente tiene un pasado de cuatro décadas de oprobio y una fenomenal escabechina de españoles alentada por la Luftwaffe y bendecida por la iglesia católica.

Dejando aparte la berrenda ideológica por hacerse con la hegemonía de la derecha, hay que admitir que el momento elegido para sacar a la bandera española al balcón, en plena borrasca, no podía ser más oportuno. Con el lavado, el centrifugado y un poquito de jabón, el símbolo iba a quedar limpio y reluciente, aunque difícilmente se le quitarían las manchas de la Gürtel, la Púnica y los cientos de casos aislados de corrupción, por no hablar de las decisiones judiciales sobre violaciones en manada, robos de niños, estafas bancarias e infantas en la inopia. Airear la bandera española por los balcones también resulta una excelente forma de reactivar el sector textil, al menos en los comercios chinos.