Opinion · Punto de Fisión

El precio de un periódico

Una de las peores cosas que le pueden ocurrir a un periodista es transformarse él mismo en noticia. Cuando la firma se traslada al titular, poco antes del obituario, es la señal de un trabajo bien hecho. La semana pasada, Victoria Marinova, una periodista búlgara, productora de la emisora TVN, fue hallada muerta en un parque a orillas del Danubio en la ciudad búlgara de Ruse. El cadáver, irreconocible a causa de los golpes, presentaba también signos de violación; de inmediato saltó la sospecha de que el crimen estaba relacionado con la investigación de Marinova, un millonario caso de corrupción y sobornos que implica a varias empresas búlgaras que reciben fondos de la Unión Europea.

Hay suficientes reporteros asesinados al tiempo que indagaban en los asuntos sucios de la Unión Europea como para hacer pensar en una epidemia. Hace un año, a Daphe Caruana Galizia le explotó una bomba en el coche cuando salía de su casa en Bidjina, al norte de Malta. A Jan Kuciak lo mataron a tiros junto a su novia por rastrear los vínculos entre la mafia calabresa y ciertas empresas eslovacas. Tres días después del asesinato de Victoria Marinova, fue detenido en Alemania un sospechoso, Severin Krasimirov, a raíz de una denuncia de su madre, a quien confesó que temía haber matado a una mujer en el parque de Ruse en medio de una noche de drogas y alcohol. Un buen periodista no puede descartar ningún riesgo, incluso el de tropezar con un imbécil y morir por pura mala suerte.

La crisis del periodismo afecta a todos los sectores, excepto el funerario. Hoy día mueren tantos periodistas como hace diez, veinte o treinta años, aunque lo hacen por mucho menos dinero. The Huffington Post y otros negreros semejantes, que alardean de no pagar ni un céntimo a sus colaboradores, pretenden además que mueran gratis. La estadística de reporteros caídos en acto de servicio corrobora la célebre definición de Orwell: “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas”.

Jamal Kasshoggi, un periodista saudí muy crítico con el régimen de Riad, entró hace dos semanas en el consulado de su país en Estambul para solicitar unos papeles de su divorcio y nadie ha vuelto a verlo vivo. Al parecer, llevaba un reloj inteligente que captó los sonidos de su interrogatorio, tortura y asesinato, y los envió a la nube antes de que los agentes saudíes, que empezaban a desmembrar el cuerpo, comprendieran que Kasshoggi los había pillado in fraganti. Son docenas los periodistas que han dado cuenta de su propio martirio: desde el argentino Leopold Henrichsen -que filmó su muerte a tiros en Santiago de Chile, a manos de un escuadrón militar durante el Tanquetazo, la intentona militar previa al golpe de estado de Pinochet- a Miguel Angel Gahona, fallecido de un disparo en la cabeza este mismo año durante los enfrentamientos entre policías y manifestantes en Bluefields, Nicaragua.

En Turquía son legión los periodistas desaparecidos por denunciar la brutalidad del régimen de Erdogan, pero la muerte de Kasshoggi en el islote del consulado saudí ha levantado una oleada de protestas contra la supuesta apertura protagonizada por el flamante príncipe heredero, Mohamed bin Salman. Millonarios como Richard Branson, periodistas de distintos medios estadounidenses (Kasshoggi colaboraba en The Washington Post), directivos de Uber y Viacom han rechazado la invitación a participar en una cumbre que iba a celebrarse a finales de este mes en Riad, mientras la inefable Christine Lagarde ha declarado que tiene que pensárselo.

Resulta curioso, por no decir otra cosa, que el homicidio de un periodista haya conseguido el repudio casi unánime del régimen saudí cuando el mundo entero, incluido el alcalde de Cádiz, habían pasado por alto las bestialidades de un gobierno célebre por su desprecio a los derechos humanos, las decapitaciones públicas, el encarcelamiento y asesinato de disidentes, la violación sistemática de mujeres y las masacres de niños y civiles en la guerra de Yemen. La situación recuerda vagamente la retirada del apoyo del presidente Carter a la dictadura de Somoza al publicarse la cinta con la ejecución a sangre fría del reportero Bill Stewart por un comando de la Guardia Nacional. En Bajo el fuego, la película de Roger Spottiswoode libremente inspirada en el asesinato de Stewart, una anciana nicaragüense le decía al fotógrafo interpretado por Nick Nolte que eran docenas de miles los compatriotas que habían muerto gracias a la dictadura financiada con dinero estadounidense mientras el resto del mundo había permanecido sordo y ciego ante la desdicha de Nicaragua. “Quizá debimos matar a un periodista estadounidense hace años” concluía la mujer. Ahora, cada vez que damos un euro por abrir un periódico en papel o en una pantalla, deberíamos recordar que a veces estamos pagando no sólo literalmente la agonía de un oficio a punto de extinguirse sino el precio de una vida humana.