Opinion · Punto de Fisión

Artistas del límite

Como el boxeo, como el ajedrez, el alpinismo es un deporte que no es exactamente un deporte. Hay en él, evidentemente, un elemento competitivo, pero también posee aspectos creativos, artísticos e incluso científicos. Tal y como lo conciben Krzysztof Wielicki y Reinhold Messner, los dos premiados este fin de semana en los premios Príncipe de Asturias, el alpinismo responde a la célebre definición del explorador polar Apsley Cherry-Garrard: “La exploración es la expresión física de una pasión intelectual”. Ambos han llevado a cabo proezas increíbles en las montañas más altas de la Tierra, pero lo han hecho no en busca de la adrenalina, el record o el peligro sino en persecución de un concepto, un sentido, una idea. Es el mismo principio que ha animado a la especie humana desde que bajó de los árboles hasta que se decidió a salir de su propio planeta, la misma curiosidad que nos llevó a cruzar mares, escalar montañas y alcanzar lugares inaccesibles. Messner escribió una vez: “Nada habría podido suceder si alguien no lo hubiera imaginado”.

Wielicki ha dedicado el premio a la espléndida generación de himalayistas polacos a la que pertenece, una cohorte que cuenta con nombres de la talla de Jerzy Kukuczka, Wanda Rutkiewicz o Voytek Kurtyka, escaladores durísimos que ascendían ochomiles en invierno a través de nuevas vías. Autor de la primera invernal al Everest, de la primera invernal al Kangchenjunga y de la primera invernal al Lhotse, en solitario, entre otras asombrosas hazañas, Wielicki hizo de la velocidad una ley en las grandes cumbres del Himalaya. Una vez dijo que valen más cinco minutos de emoción en una montaña que un año de vida en la ciudad.

Por otra parte, puede decirse que Reinhold Messner, considerado por muchos el más grande de los alpinistas vivos, es el hombre que reinventó la aventura en un tiempo en que la aventura ya no parecía posible, devolviendo al planeta Tierra su tamaño en una época en que la tecnología había pulverizado las distancias. Cuando, sentado en la terraza de un café, concibió la idea de ascender el Nanga Parbat en solitario, esa ocurrencia absurda y magnífica supuso uno de los más tremendos saltos del espíritu humano por sacudirse los yugos de la naturaleza y los impedimentos del mundo físico.

Tal vez sea ésa es la ascensión mitológica y definitiva de Messner, aún por encima del Everest en solitario y sin oxígeno. ¿Por qué? Porque en el Nanga va a enfrentarse a algo mucho más temible que una pared inaccesible, un tabú médico o una frontera terrestre: va a enfrentarse a su propio miedo, a su propia soledad, a la ambición desmesurada de un hombre por rebasar todos los límites impuestos por la cordura, la lógica y la fisiología. Dos veces lo intentó y dos veces tuvo que dar marcha atrás, en 1973 y en 1977.

En Solo, el libro más emblemático de la ingente literatura messneriana, cuenta cómo su obcecación por el Nanga le costó un doloroso divorcio y cómo el intento de ahogar el sufrimiento de la separación en el vértigo del Diamir le valió dos fracasos sonados. También narra un sueño en que se vio caído al fondo del abismo y hecho pedazos por el suelo. Al fin, en 1978, llega a la cima a través de una ruta casi suicida, a la derecha del espolón Mummery, barrida constantemente por aludes y que no conoce repeticiones. En medio de la ascensión, un terremoto deshace su línea de retirada y una vez en la cumbre, Messner tiene que improvisar otra vía de descenso. Probablemente no haya una escalada más extrema ni avalada con más deudas personales en toda la historia del alpinismo. La muerte de su hermano Günther años atrás en la cara del Rupal, falanges amputadas, ocho años de obsesión, un divorcio, dos retiradas –una de ellas en medio de un ataque de pánico– un terremoto, alucinaciones provocadas por la hipoxia…. todo ello convergió aquella mañana en que Messner, al fin, puso su pie en la misma cumbre que había alcanzado en 1970 como si fuese la superficie de otro planeta.

En cuanto al Everest, todos los médicos y especialistas a los que consultó sobre su intento de ascender a la cumbre sin oxígeno le aconsejaron que desistiera: ni uno solo le dio garantías de que pudiera lograrlo; no a costa, al menos, de daños cerebrales irreversibles. Sin embargo, gracias a una obstinación espartana y una fe ciega e irracional en la creencia de que los casi nueve mil metros del Everest estaban al alcance de sus pulmones, Messner alcanzó dos veces la cumbre más alta de la Tierra: la primera en 1978, en compañía de Peter Habeler, y la segunda en 1980, abriendo una nueva ruta en solitario a través de la cara norte. Mientras la NASA inauguraba un nuevo horizonte para la exploración en una escalada tecnológica sin parangón en la historia, Reinhold Messner, sin oxígeno, en estilo alpino y muchas veces en solitario, ascendía los catorce ochomiles de la Tierra.