Opinion · Punto de Fisión

Comprar mujeres

En el turbio repertorio de las fantasías masculinas, vivir de las mujeres es el reverso oscuro de redimir a una puta, un viejo ensueño romántico que Dumas plasmó en La dama de las camelias, al que Verdi puso música en La Traviata y que Billy Wilder actualizó en una de sus escasas comedias fallidas, Irma la dulce. Es curioso que el gran cineasta naufragara cuando había conseguido sátiras hilarantes sobre temas no menos resbaladizos. El propio Wilder -que ya había jugado a cruzar las rayas entre los sexos en Con faldas y a lo loco fue un paso más allá en Bésame, tonto, en la que una prostituta y un ama de casa intercambian sus papeles durante una noche para luego regresar a sus respectivos quehaceres sin más heridas que un poco de tristeza y un poco de nostalgia.

La realidad -que muchas veces se complace en repetir el turbio repertorio de las fantasías masculinas- demuestra a diario que el peaje suele resultar mucho más caro y que la prostitución es un mundo del que rara vez se sale. Mabel Lozano acaba de presentar un documental, El proxeneta. Paso corto, mala leche, la historia de Miguel el Músico, un chulo arrepentido que empezó traficando con jovencitas traídas de los países del este y acabó montando un imperio de locales de alterne por toda la costa mediterránea. Miguel cuenta, entre otras muchas cosas, cómo una mujer se cortó las venas de un tajo en un cuarto de baño. Tras su captura y su juicio, lo condenaron a 27 años de cárcel pero sólo cumplió 3, en buena parte porque accedió a colaborar con la policía. “Dentro de la cárcel me di cuenta de que mi delito era una cosa normal, que no estaba mal visto, cuando en realidad le hacemos más daño que un violador”.

En la confesión de Miguel resuena un siniestro eco de las voces de Larry Brown, Rodney o C. C., los chulos de ficción de The Deuce, la teleserie de David Simon y Georges Pelecanos ambientada en los comienzos de la industria del porno y en la prostitución callejera en la zona de Times Square, en Nueva York, en la década de los 70. Con sus estrafalarios abrigos de cuero y su verborrea seductora, ellos son los capataces de un infierno en que las mujeres deambulan día y noche por las calles mojadas, se suben a los automóviles para practicar una felación en el túnel de Jersey, bailan casi desnudas por unas monedas o se alquilan en inmundos cuartuchos de hotel. Un negocio donde un montón de sanguijuelas saca tajada y donde todo el mundo hace la vista gorda.

“Cuando escucho hablar a los políticos sobre legalizar la prostitución” asegura Miguel el Músico, “digo: es que no hace falta ni corromperlos, porque piensan como pensamos nosotros”. Miguel explica cómo, en efecto, ni siquiera hace falta comprar a un alcalde o a un policía: les basta con que miren para otro lado. “Los únicos que no querían nuestro dinero era Hacienda, porque hacíamos la declaración de nuestros negocios y nos salía a devolver”. Al final, de un modo paradójico, la historia de Miguel tiene final feliz, una redención, la suya, al enamorarse de una de sus víctimas, comprarla a sus socios y casarse con ella. Pero el documental de Mabel Lozano presenta también otro final alternativo, oficial, horrible, uno donde las investigaciones judiciales desembocan en una pequeña multa y en un montón de locales impunemente abiertos donde el horror de la esclavitud sexual prosigue, incesante.