Opinion · Punto de Fisión

Cosas que hacer con Franco en Halloween cuando esté muerto

El dictador Francisco Franco, en una fotografía de archivo. EFE.

A Pedro Sánchez la movida de trasladar la mojama del Caudillo le ha pillado con los pantalones bajados, de culo y contra el viento. Lo planeó en verano, tomándose un daiquiri, como si estuviera pensando enviar un colegial díscolo a un internado a la vuelta de las vacaciones, y a estas alturas de octubre ya se debe estar arrepintiendo. Los socialistas son especialistas en postergar ciertos asuntos -el concordato con la Santa Sede, la subida del sueldo mínimo- y van dejando las cosas de un año para otro, de una legislatura para otra, de una década a la siguiente, hasta que al final, como el cadáver de Franco, se les pudren entre las manos.

No calibraron que la necesidad de desalojar a la momia sanguinaria de su chalet de lujo en Cuelgamuros debía contar con un plan previo de realojamiento. No podían abandonarlo en el campo de cualquier manera, o enterrarlo en una fosa común, o dejarlo en una cuneta para que se lo comieran los cuervos, como él hizo con miles y miles de españoles previamente fusilados. Ni siquiera cayeron en la cuenta de que tenían que consultar primero con la familia y con el Vaticano después, gentes ambas a quienes, no se sabe muy bien por qué, siempre damos vela en nuestros propios entierros. Tampoco se entiende muy bien qué tiene Carmen Calvo que negociar en Roma cuando tantos matarifes y genocidas descansan bajo palio en iglesias y catedrales, empezando por Queipo de Llano.

La última vez que el Vaticano autorizó un cambio similar fue cuando permitió la mudanza del cardenal Rouco Varela del palacio episcopal a un ático de lujo, y eso que Rouco, por aquel entonces, no estaba tan vivo ni tan alegre como Franco. Ya fuese por el ajetreo del viaje, o por la traducción simultánea entre el latín y el italiano, Carmen Calvo no se enteró de la misa la media y regresó con un desmentido oficial en pleno vuelo y tres padrenuestros de penitencia. Una vez más las prisas le han pasado factura al gobierno de Sánchez, porque sólo a ellos se les ocurre ir a Roma a negociar el traslado de unos despojos amigos en vísperas de Halloween. Ahora la prioridad consiste en que los restos del Caudillo no tomen de nuevo Madrid desde el cuartel general de La Almudena, aprovechando la reciente victoria de Bolsonaro y el auge mundial del fascismo.

Una solución para evitar futuras peregrinaciones en masa desde Génova y desde Casa Pepe podría ser hacer un Bin Laden: llevarse el ilustre torrezno en helicóptero y soltarlo en algún punto ignoto en alta mar, enfrente de Palomares, por ejemplo, que ya tienen costumbre de albergar residuos tóxicos. Muchos pondrían el grito en el cielo por la comparación, y no les faltarían motivos, ya que Franco mató a mucha más gente que Bin Laden, causó más terror e hizo mucho más daño. Aparte de que también era considerablemente más feo. De momento, se apunta una venta masiva de caretas de Franco en Halloween, en dura competencia con la de Lopetegui.